viernes, 1 de mayo de 2015

Alicia, de Rébecca Dautremer


A la famosa ilustradora francesa Rébecca Dautremer, la lectura de "Alicia en el País de las Maravillas" le daba "cierto miedo" cuando era niña. Por eso, ilustrar este clásico escrito hace 159 años por el británico Lewis Carroll ha sido para ella todo un reto. La Alicia retratada por Rébecca Dautremer hace justicia a la musa del escritor británico, ya que la pinta inspirada por una fotografía tomada por el propio Carroll a Alicia Lidell: una niña morena, de melena lisa y mirada melancólica.


En noviembre de 2010, Dautremer presentó la exposición "Avec les yeux!", en la galería Jeanne Robillard de París. Allí pudieron verse los originales y los objetos realizados para este álbum ilustrado, que fue editado por Gautier-Languereau. 



Todas las ilustraciones están hechas a mano, sin la ayuda de la computadora ya que, según asegura Dautremer, para ella es mucho más fácil realizar los dibujos manualmente y aprender de sus errores. Aunque las imágenes de Alicia están llenas de color, no reflejan frescura porque, según su autora, están en consonancia con el lado más oscuro de su creador.


"Los adultos han impuesto en los niños un mundo de pulcras, asépticas ilustraciones: un mundo simplista. Esta sobreprotección limita su imaginación y yo escucho a menudo a niños diciendo: 'me encanta Sentimento porque es muy triste'. Es mejor no intentar complacer a los niños, ni intentar saber sus gustos demasiado, porque nuestros criterios son muy diferentes de los suyos. Mis propios hijos son muy críticos con mi trabajo. Mi hija mayor lo es ya demasiado para mis historias, mientras que los otros están empezando a tener un interés en ellas. Pero si me guiase continuamente por sus criterios, perdería mi libertad y la profundidad de pensamiento. Pero, dicho esto, también estoy feliz de hacerlo real, libros sin ambigüedades para niños", señaló Dautremer en una entrevista. Algunos de los libros ilustrados por ella han llegado a vender 30.000 ejemplares.

Aquí un video del trabajo de una de las ilustraciones de Alicia.



Otro de sus maravillosos dibujos.

Por estos días, Rebecca se presenta en la Feria del Libro de Buenos Aires (Edelvives) y el MALBA.

lunes, 27 de abril de 2015

"Las cosas que recuerdo de aquella niña analfabeta eran estrofas breves e ingenuas", por Idea Vilariño







(...)Idea, ¿cómo has vivido la poesía a lo largo de tu vida? 
– En el único reportaje que consentí en publicar hasta ahora, le recuerdo a Mario Benedetti que hacía versos antes de saber escribirlos, antes de mis seis años. En esa casa se oía música, mucha ópera; mi padre, un fino poeta, nos decía a menudo –aunque supongo que esto fue algo después– poemas suyos o de otros. Pero lo que yo hice hasta la adolescencia no se parecía a nada de lo que escuché. No se me ocurría remedar, no asimilaba nada de aquello, no aprendía ni siquiera de los que más me gustaban –Juan Ramón, Darío, José Asunción Silva-. Las pocas cosas que recuerdo de aquella niña analfabeta eran estrofas breves e ingenuas, que no decían nada mío; malas, pero perfectamente medidas y rimadas, aunque yo no supiera qué era eso. No las decía. Tampoco mostraba las de mis diez, doce años, aunque en casa ya sabían que "escribía". Creo que las cosas cambiaron a mis quince o dieciséis años. 

–¿Por qué? 
–A los once años me quedé mirando en un espejo mis ojos serios, adultos. Fue una conmoción profunda saber que estaba ahí –persona, no niña. Como estoy hoy. Los ojos siguen estando. Simplemente, hubo zonas que al ser tocadas se pusieron a vivir. Pero siempre supe todo. Se fueron sumando vida, madurez; el mundo fue cambiando.


–¿Tu padre? 

–Mi padre era un poeta y un gran conocedor de formas y de ritmos. Y tal vez el mejor lector de poemas que conocí: hacía oír también el sonido, los acentos. Ambas condiciones fueron una buena escuela desde temprano. Por otra parte diría que tengo algo de eso que llaman "espíritu científico" porque pensaba dedicarme a la investigación científica. Quise saber qué pasaba con los versos. Perdí mucho tiempo leyendo acerca de sáficos y anapésticos, de rimas femeninas y masculinas. Luego di con Servien y su método y, aunque él mismo no lo había desarrollado, fue lo que yo estaba buscando. Permite un estudio de los ritmos casi infinito y para mí apasionante. Es lo que sé hacer mejor. Alguna vez le dije a Ruffinelli que, si hoy no hubiera otras cosas más urgentes en qué trabajar, habría que pagarme para que me encerrara a trabajar en eso. Tal vez no importa demasiado; hoy importan más, y con sobradas razones, otras zonas del quehacer artístico. Sea como sea, a mí la poesía me interesa sobremanera. Tampoco vi en otras admiraciones que vinieron después ejemplos sino coincidencias en las vivencias. Verlaine: "Qu´as tu fait, ó toi que voilá,/ pleurant sans cesse,/ dis, qu´as tu fait, toi que voilá/ de ta jeunesse?" Zonas de Hugo, de Mallarmé, de Leconte de L´Isle: "Moi, je t´envie au fond du tombeau calme et noir/ d´etre affranchi de vivre et de ne plus avoir/ la honte de penser ni l´horreur d´etre un homme." Y Alexandre y Neruda y Jorge Guillén y los descubrimientos de Quevedo y Yeats y de Vallejo, que leí muy tarde. Y no habría que hablar sólo de los poetas. Supongo que es la historia de todos; supongo que todos nos modifican en alguna medida pero en zonas poco detectables. Tal vez rompen los ojos, pero no veo en mis cosas influencias claras de lo que más me importó. Escribir siguió lo más privado, auténtico, desgarrado mío, desligado, por otra parte, como acto creador, de toda voluntad o actitud "literaria". Lo que sabía y lo que hubiera incorporado ya eran yo.

Hubo cuatro libros que seguramente me hicieron algo, y son cuatro antologías que llegaron, me parece ahora, en un momento clave: las de poesía española de Domenchina, y las de poesía uruguaya de Zun Felde y de Brughetti. De esta última recuerdo ahora los impactos de Vicente Basso Maglio y del primer Juan Cunha. 


(...) La poesía, Elena, fue una conmigo siempre. La viví naturalmente, como algo inevitable, privado, que no me daba ningún realce y la hacía sin deliberación, sin proponérmelo, como lo hice después, como lo he hecho siempre. Creo que nunca supe cómo iba a terminar un poema –hasta ahora es así. Necesito decir algo; eso es compulsivo. Pero no sé cómo lo diré, aunque al escribir tenga un dominio absoluto de lo que hago, pero desde la primera línea el poema, su ritmo, eso que es imperativo decir me lleva hasta el final, hasta el cierre inevitable. Sé que parece contradictorio. Bueno, es así.


 –¿Entonces qué es para ti la poesía?


–No sé cómo decirte qué es la poesía para mí. Es una forma de ser, de mi ser. Todo lo demás de mi vida son accidentes. Pude ser profesora o no. Sola o no. Música o no. Traductora de Shakespeare o no. Estudiosa de la prosodia o no. Todas las cosas que amé y que realicé en la medida que pude. La poesía no fue accidental. Mi poesía soy yo. Por eso no me interesaba publicar; es más, deseé no haber publicado nunca (hay poemas que jamás mostré). Escribir era otro asunto. Era, como te decía, compulsivo. Salvo las cosas políticas, y alguna carta, nunca escribí pensando que alguien lo leyera. Lo que decía era privadísimo y no buscaba llegar a otro, comunicar. Publicar fue tan contradictorio, tan poco coherente como seguir viviendo cuando sabía, y cómo, cuando pensaba lo que pensaba del hecho de vivir. Esas incoherencias fueron difíciles de sobrellevar. A esta altura ya nada importa. (...)


Fragmento de la entrevista realizada por Elena Poniatowska, en agosto de 2004 para el diario La Jornada, de México. Leer entrevista completa




Idea Vilariño, Uruguay. 1920-2009.

martes, 10 de marzo de 2015

"Mi infantilismo fue un verdadero calvario", por Kenzaburo Oe


Fragmento

Pienso en el niño que juró en vano
no alejarse del valle
que sus antepasados llamaban hogar…

W.B. Yeats

Desde que comencé a escribir, primero, y a vivir de la pluma, después, Gii me escribió varias cartas para consolarme de las críticas de quienes calificaban de infantil a mi persona y de infantiles a mis obras. En una de ellas, me hacía notar el hecho de que cuando tenía diez años, es decir, cuando no era más que un niño entre los niños, ya me había ganado la fama de infantil. Me predecía que, con el paso de los años, me convertiría en un viejo infantil. Esa carta me hizo recordar que el ser infantil que era yo cuando tenía diez años no estaba, ni mucho menos, libre de preocupaciones. Ahora podría clasificar mis preocupaciones de aquel año, el año en que acabó la guerra, en diversas categorías: el patriotismo, la familia o la supervivencia del alma tras la muerte. Y cada uno de esos recuerdos concretos se entremezclaba con mi nueva amistad con Gii, que inicié la primavera de aquel año, descalzo y de pie en la doma de la casona…

Citemos esa carta de Gii para volver al ser infantil que era yo cuando tenía diez años:

“K. chan, te llaman infantil. Pero probablemente ése sea un reproche que te perseguirá toda tu vida. Creo, pues, que es un trabajo inútil que trates de conjurarlo y guardes silencio apretando los labios. Tanto es así, que, por el contrario, te aconsejaría que aceptaras plenamente ese infantilismo tuyo. Tanto más cuanto las críticas provienen de personas para las que eres un perfecto extraño y que han tenido la gentileza de hacer hincapié en ello. Estoy seguro de que, cuando tengas sesenta años, te describirán como un viejo infantil. Pero, llegado ese momento, descubrirás que no se trata de algo insólito entre los de tu generación. En realidad, son muchos los que vuelven al infantilismo al llegar a la vejez. Y entonces podrás estar orgulloso de tu originalidad. Porque, K. chan, tu infantilismo tendrá detrás muchos años de experiencia. Cuando te quedaste parado en la doma de la casona aquel día, lo primero que se me ocurrió pensar fue: “¡Que niño tan infantil¡” Y no era el único que lo pensaba. Pronto supe que esta opinión era compartida por tus compañeros de clase y tus camaradas de juegos en el pueblo. Cuántos años de experiencia tiene tu infantilismo ¿verdad?

Un célebre escritor inglés trasladó a una de sus novelas el sufrimiento que había tenido que soportar desde su infancia por ser tartamudo, convirtiendo ese defecto en unos andares vacilantes. Se trata de Maugham. ¿Y si, a tu vez, sin esconder la cabeza bajo el ala, asumieras esta tara de tu existencia y trasladaras tu infantilismo a tus novelas del mismo modo que lo fue el defecto de un tartamudo convertido en andares vacilantes? Porque, al menos en lo que concierne a tu conciencia profesional como escritor, no puedes seguir siendo infantil toda tu vida. Atentamente Gii”.(...)

Mi infantilismo fue un verdadero calvario.

Kenzaburo Oe, Japón. 1935.

Fragmento del libro "Cartas a los años de nostalgia", Anagrama, novela autobiográfica. Foto: Oe y su hijo Hikari.

lunes, 2 de marzo de 2015

Infancia y mito, por Seamus Heaney

(...)
- ¿En qué se parecería el mundo de la infancia al mito?

Están muy cerca uno del otro. En efecto, la infancia es la hora del mito. Todo ocurre ahí, todo se sabe de antemano. De alguna manera hay un conocimiento “antes de tiempo”. Y bueno, yo viví en condiciones auténticamente míticas. Como he dicho otras veces, había un fogón en la casa, se veía el humo salir por las chimeneas, cruzábamos arroyos, teníamos miedo de la oscuridad, todo era ominoso, los árboles, un pájaro que se posaba en el techo, en fin, todas estas cosas. Entonces, de alguna manera, mi infancia fue demasiado pintoresca para un poeta contemporáneo, porque lo que era real para mí a otros les parece “pastoral”. Era demasiado bello.

- En sus poemas se deja ver una infancia libre y feliz.

En términos de descripción sociológica, puedo decir que tuve magníficos padres y viví en una comunidad sustentadora, contenedora, que no presentaba amenazas. La desolación se hallaba felizmente ausente; me refiero a aquella que provoca la disfunción familiar. Por otra parte, creo que la psique es una arena por la que penetra a ratos un gran pavor en el niño, no tiene que ser causado por las condiciones familiares. O sea, estoy hastiado de Jung, quien es un gran simplificador. Pero también estoy harto de Freud, de sus nociones de causa y efecto que llevan a uno a pensar en la criatura humana como resultado de apretar éste o tal botón y ser de tal o cual manera. Es mejor, en ese caso, la noción junguiana de que algo se sabe de antemano, que se ha heredado, que se ha sufrido anteriormente como una criatura de la especie, en unos espacios amplios, muy amplios, que están al alcance. El miedo está a la disposición todo el tiempo y para todo el mundo. Yo creo, más que nada, en algo que podría llamarse la afinación de una cultura. Un muchacho que crece en Estados Unidos, en una familia de profesionales clasemedieros, estudia en Harvard. La afinación de esa cultura resulta, hasta donde puedo ver, demasiado confiable. La afinación de nuestra cultura, en cambio, estuvo cargada de fatalidad, de modo que uno no debía por qué tener, como he dicho, penas familiares o sociológicas. La visión religiosa en sí proponía un alma en peligro y la entonación del habla en torno nuestro expresaba que cualquier cosa que rebasara la tristeza representaría una gran victoria.

- Usted tiene buen número de poemas de infancia, en los cuales conviven las voces de la naturaleza, las voces de la guerra, las voces familiares. ¿Podría contarnos cómo surgieron en su vida y en su escritura y cómo se las ha ingeniado para otorgarle a cada una de ellas un lugar a la vez individual y colectivo?

No estoy muy seguro de cómo responder a esto. La primera voz de capital importancia que cambió el mundo, que cambió la vida para mí, fue la voz del poema, la aparición de la posibilidad de escribir un poema. Creo que todo escritor, cada poeta en particular, cuando siente que el poema le sucedió, se siente exultante, hechizado. Así que la primera vez que un poema me sucedió fue gracias a la voz de mi provincia, casi diría, la voz de mi dialecto. Esto no significa que empleara palabras de dialecto en el texto o alguna suerte de habla folklórica, pero las cadencias, las entonaciones, los patrones de la voz del poema eran los de mi primera voz. Entonces podríamos decir que la poesía pasó a través de mí como la voz de mi primer modo de hablar transformándose en verso, y luego, conforme los años iban transcurriendo, dejé pasar por ahí a personas que conocí, en especial en el libro Isla de las Estaciones, que fue un examen de conciencia en cuanto a de qué manera yo, como miembro de la minoría católica en Irlanda del Norte y como escritor, me planteaba las mismas preguntas en una suerte de entrevista poética. ¿Cómo representas a esas personas? Esas personas se volvieron para mí individuos que yo había conocido: uno de ellos era un tipo que había hecho una huelga de hambre, otro era un amigo al que habían asesinado, otro era un joven sacerdote, otros, compañeros de escuela a los que dejé que hablaran conmigo a la Dante: los dejé llegar a mí para que habláramos en una suerte de mundo onírico.

- ¿Su lengua poética es el inglés irlandés, una lengua irlandesa o una combinación de ambas? ¿Hasta qué punto una moderna vía expresiva lo está conduciendo al pasado profundo de la lengua, del lenguaje y la poesía?

Pienso que todo es lenguaje poético, sin importar lo común y corriente que pueda parecer, y todo poema es una postura asumida dentro del lenguaje. Mis posturas se basan en el ritmo hablado del inglés en Irlanda, ése es mi oído, de ahí proviene. Pero también se basa en toda la tradición escrita de la poesía en inglés. Es imposible para mí decir la palabra poesía sin evocar de inmediato, digamos, a una gran audiencia vigilante, atenta, una audiencia de voces, aunque esto parezca una contradicción. La poesía en verso—no escribo poemas en prosa--, la disciplina de elaborar un verso, me viene en forma directa de Geoffrey Chaucer y llega hasta los tiempos más recientes. En cuanto a las melodías, desde luego es una herencia polifónica. He aquí una consideración importante pero hay otra: poder escapar a eso al tiempo que se conoce eso, tocarlo, tocar variaciones, jugar concientemente con ello. A veces escribo como si estuviera hablando con mi propia voz; otras, como si representara el papel de alguien que sabe lo que es la poesía en inglés, y con frecuencia, escribo de las dos maneras.

Fragmento de la entrevista realizada por Marco Antonio Campos y Pura López Colomé. Para leerla completa aquí.

Ilustración: Allyson Mellberg

Seamus Heaney. Irlanda, 1939.

viernes, 20 de febrero de 2015

Juanito Laguna, de Antonio Berni

Fragmento

El chico iba caminando hacia el crepúsculo por entre las vías muertas. Se trepó a un paragolpes desvencijado y miró, a lo lejos, hacia las torres y las chimeneas de Rosario, su ciudad natal. Como si soñara, se vio a sí mismo, diminuto, ante el horizonte de galpones y fábricas, anclado en aquella frontera donde la urbe se disolvía en el campo, entre hierbas altas y vagones inútiles. El chico sintió un poco de tristeza y, de un salto, estuvo sumergido entre los yuyos; para consolarse, pateó una lata que brillaba con el último fulgor morado del sol. La lata dio una voltereta en el aire, tintineó, rodó sobre el pedregullo.

Más de cuarenta años después, en un baldío de Buenos Aires la lata se desprendió de una pila de basura y se acercó, rodando, a los pies del mismo chico de entonces, que se llama Antonio Berni y que se detuvo, encandilado, ante el trozo de metal lamido por el óxido. Porque en ese mínimo fragmento del universo, Berni acababa de descubrir una de las claves de la vida, de esa vida secreta que había perseguido desde que, en la infancia, copiaba empeñosamente "las figuritas de las revistas".

Cuando Antonio nació, en Rosario, el 14 de mayo de 1905, sus padres (Napoleón Berni, nativo de Domodossola, en el Piamonte, y Margarita Picco, argentina, descendiente de piamonteses) habían tenido ya otros dos hijos. Napoleón era sastre y su casa quedaba cerca de los terrenos del ferrocarril. A veces, cuando Antonio no lo veía, el padre observaba con curiosidad a ese hijo menor que, con el ceño fruncido, llenaba de garabatos cuanto papel en blanco podía capturar. Un vecino, también italiano, aconsejó al sastre: "Mande al chico a estudiar dibujo". Y así, alrededor de los 12 años, el pintor Berni comenzó a explorar la rutina de los yesos y las naturalezas muertas, en una escuela de arte piloteada por el catalán Eugenio Fornells.


"Mi maestro era un catalán adherido a esa escuela española que, por entonces, empezaba a arrasar a todas las otras en el gusto de los argentinos. Fornells tenía, además, un taller de vidrieras de colores, en sociedad con otro catalán, Buixadera. Y allí cerca, estaba la marmolería donde el padre del futuro escultor Lucio Fontana ejecutaba estatuas funerarias." Así, en medio del trajín industrial y comercial, crecían dos de los mayores talentos plásticos que América iba a ofrecer al siglo XX.

A Berni no le cuesta remontarse a la infancia. Ahora mismo ha vuelto de la calle con un surtido de tapitas de lata, de las que se usan para cerrar las botellas de bebidas gaseosas. Una ancha sonrisa se le pasea por la cara joven: "Fui a un bar y le expliqué al mozo que mi hijo colecciona tapitas; me dijo que me comprendía, porque el suyo hace lo mismo, y me regaló unas cuantas." El hijo del artista, José Antonio (12 años), mira al padre con una complicidad irónica: se divierte porque sabe que las tapitas forman las escamas de uno de los monstruos que Berni, con paciencia medieval, está erigiendo en los fondos del taller. (...)

Revista Primera Plana, 13 de abril de 1965.


"Nací con la aviación a hélice, y en los días en que cumplía cinco años, el 7 de mayo de 1910, el cometa Halley pasaba por nuestro cielo como presagio de futuros y graves acontecimientos. Borrosa me quedó, para siempre, la imagen de su majestuosa y brillante cola. En mi familia no había intelectuales; por parte de mi madre, mis antepasados fueron agricultores (...). En aquellos tiempos se servían en los cines bebidas de todas clases, de hecho era un bar oscurecido en el que colgaban un lienzo blanco que servía de pantalla, donde se proyectaba la imagen muda y debajo un pianista seguía con acordes caprichosos las alternativas de la película, entre ruidos de tazas y copas y gritos de los mozos."

Del libro de Memorias de Antonio Berni. 

Juanito bañándose, 1961


El mundo prometido de Juanito Laguna, 1962

Juanito Laguna y la aeronave. 1978

 Juanito dormido, 1974


Las vacaciones de Juanito, 1972


"Juanito Laguna es un símbolo que yo agito para sacudir la conciencia de la gente... Quiero que para nadie sea un pobre chico sino un chico pobre..." Antonio Berni



Antonio Berni. Argentina, 1905- 1981.

miércoles, 11 de febrero de 2015

en el río de mi infancia, por Florencia Walfisch





bordado y cosido con hilos y lana en lienzo y telas, 1,9 m x 2,3 m , 2010
vista total y detalles.  De Florencia Walfisch


madre trabajaba sobre un fondo suntuoso. la exuberancia de su geografía la volvía paisaje. tomaba los frutos con esmero: ciruelas, uvas, sandías. no preguntaba nada sobre su sábana de flores: dalias, claveles, margaritas. a donde entraba, entraba su atavío; lo portentoso de su imaginación


todo lo que hubiera podido ser

en poetas argentinas ( 1961-1980 ) selección y prólogo de Andi Nachon, ediciones del dock, 2007


La travesía

Aunque es temprano
todavía se disfruta.
Cuando llegue el invierno
y la mañana sea un útero negro que cruzar
avanzaremos juntas
pondré abrigo en tus orejas
la ropa próxima al calor
y una bandera
una puntada en cada corte que señale
la textura de mis zonas huérfanas
hasta llegarnos íntegras
a tierra firme.



Florencia Walfisch, Argentina, 1970. Artista visual y poeta.