domingo, 14 de diciembre de 2014

Nueva casa virtual

A todas las personas que visitan este blog, quiero invitarlos a mi nueva casa virtual.

www.ale-correa.com




Boomerang, por Marcelo Carnero





Muchas veces me han dicho que soy un tipo extraño, camaleónico. Si lo soy, ha sido para sobrevivir. A lo largo de mi vida sobreviví de muchas formas. Pero hay algo de sobrevivir a la pobreza, a la necesidad que está relacionado a cierta inteligencia, a cierta lógica. Es como si lo hubiera sabido siempre, desde que nací. Y lo confirmé el primer día de clases en el comedor del colegio, donde nos sentaban a mí, y a los otros cuatrocientos pibes, todos los mediodías de mi infancia. En ese lugar la inteligencia se aprendía rápido. Un segundo de duda sobre el plato de comida humeante bajo la cara, y el hambre de los otros lo hacía desaparecer. Desde ese día, me grabé a fuego este mandato en la memoria: inteligente es aquel que sobrevive.

Pareciera que uno vive en contra de algo, que la única forma de que esa inteligencia, que ese instinto de supervivencia se desarrolle es teniendo que atravesar obstáculos, dificultades. La necesidad entonces es madre de una imaginación terrible.

Algo de ese sobrevivir debe tener relación con lo que elegí para hacer en mi vida: escribir. Porque así como se vive en contra de algo, también se escribe en contra de algo. En el lugar de donde vengo, un conventillo atestado de ratas, en La Boca, la literatura estaba relacionada con la mentira, no con los libros. Eso me dijo alguna vez un psicólogo que tuve. Al contrario del resto de tu familia, dijo, vos no mentís, porque escribís. Y me abrió un mundo.

Me crié con mi madre y mis tres hermanas, yo era el menor. En el conventillo no se vivía, se duraba. Pasábamos frío en invierno, calor en verano y hambre todos los días. Éramos pobres y hambrientos. Pero no como a muchos les gusta imaginarse el hambre y la pobreza. Digo, hay gente que se pasa la vida dando cátedra sobre el hambre de los demás, y el único momento en que pasa hambre es entre el desayuno y el almuerzo.

Hablar del hambre es algo que se hace imposible, es una experiencia que si uno no vivió, se hace difícil de reconocer en el propio cuerpo. Un gusano que teje su seda lentamente hasta convertirla en un calambre. Lo que puedo decir con claridad es que los días y las noches del hambre son largos, larguísimos, y las secuelas físicas, mentales y emocionales, terribles. 

Tengo grabada la cara de un pibe al que le decían Pola. Chiquito, frágil, los gestos se le habían deformado hasta parecerse a un ratón, no tenía padres, dormía en los rincones del patio del conventillo o donde podía. Prácticamente no hablaba porque tenía todo el tiempo el dedo pulgar de una de sus manos adentro de la boca. Se pasaba el día chupándose el dedo, y cuando alguien le tiraba algo para comer, los movimientos de su cabeza, la forma en que movía los ojos frente a la comida, parecían los de un roedor. Nunca supe porque le decían Pola. Años después lo volví a ver y lo primero que hice fue mirarle las manos. Los dos dedos pulgares no tenían uñas y estaban totalmente deformados. 

El hambre deforma, el cuerpo y la mirada.

Nosotros comíamos carne una vez por mes. El resto del mes se comía papa en todas su variedades: papa al horno, papa hervida, puré de papa, era el padre nuestro que se rezaba todos los días. Cuando llegaba el momento en que íbamos a comer carne, pasaba algo físico que no noté hasta que fui más grande. Era como si el cuerpo midiera el tiempo y cuando se aproximaba esa fecha del mes, la boca produjera más saliva. Ahora, cada vez que tengo oportunidad, como carne. El olor, la textura, la resistencia de la fibra contra los dientes, sigue estando ligada a la alegría.

Aunque siempre hay otro hambre mucho más difícil de calmar, mucho más difícil de sobrellevar, que es la falta de afecto. La única vez que estuvimos un poco mejor fue cuando mis hermanas lograron echar a ese monstruo alcohólico y violento que era mi padre.

Los domingos eran el único día que mi madre podía estar unas horas con nosotros, el resto de la semana trabajaba para el alcoholismo de mi padre. Un domingo, mi madre, que a escondidas había juntado moneda por moneda durante meses, nos llevó a un circo que acampó en Casa Amarilla. La función estuvo bien, pero alguien nos había visto y le había contado a mi padre que estábamos en el circo. 

Imagino a ese hombre totalmente morado de rabia, gritando y rompiendo lo que encontrara a su paso porque esos pocos pesos que mi madre había gastado en sus hijos, no irían a parar a las arcas de su alcoholismo. Cuando volvimos nos estaba esperando en la puerta de la casa. 

Aclaro que cuando mi padre rompía las pocas cosas que había allí, era porque no tenía a mano a ninguno de sus hijos para romperlo a cintazos. A mi madre nunca le pegó, pero la he visto dormir con una cuchilla debajo de la almohada. 

La paliza iba a ser para todos. Mientras empezaba con uno, los demás íbamos a tener el dudoso privilegio de mirar el procedimiento, la lección que nos iba a tocar. Mis hermanas lloraban a los gritos y nos preparábamos para la masacre, pero pasó algo que nunca había pasado. Algo en ese llanto, algo en el hartazgo de ese llanto, un sonido, un tono, calmó a la bestia que sin más, dejó el cinto a un costado y se sentó llorando con la cabeza sobre la mesa, más niño, más desamparado que nosotros. Con todo el miedo del mundo, mis hermanas lo alzaron de la silla entre las tres, lo sacaron de la casa, lo llevaron hasta Once y lo subieron a un tren. Desde ese día, sobrevivir fue un poco más digno.

Mis padres se conocieron de forma extraña. Cuando mi madre tenía cuatro años, había sido abandonada en un colegio de monjas en La Plata. Allí vivió hasta los veintidós cuando decidió poner un aviso en el diario para buscar a su familia. Las monjas pusieron literalmente, el grito en el cielo, pero el aviso se publicó.

Noches enteras me pasé pensando qué diría ese aviso, esa nota que mi madre redactó pidiendo a su sangre que la reconozca, porque pienso que ahí hay una relación en mi familia con la escritura, que desconozco totalmente. Qué palabras habrá elegido para que su familia deshiciera el abandono. Días después de publicado el aviso, alguien, un hombre, apareció con unos documentos, sacó a mi madre del colegio en el que estaba pupila y la entregó al mundo. 

A partir de ahí se reanuda el drama. Conoció a un tipo, quedó embarazada. El tipo nunca se hizo cargo. En ese momento apareció mi padre. 

Entonces la piedra basal de la literatura y la supervivencia familiar fueron siempre el abandono, las traiciones y mentiras. De ahí, supuse, vendría el odio eterno que mi padre destilaba hacia sus hijos. 

A partir del momento en que mi padre se fue, la vida fue otra. A fuerza de sobrevivir, mi madre, con la plata que ahora ganaba y no perdía en las borracheras de su esposo, empezó a comprarnos ropa. La comida se la robaba de una confitería que limpiaba y la escondía debajo de un auto que siempre estaba estacionado en el mismo lugar. Y rezaba, rezaba para que el dueño del auto no apareciera un día y se lo llevara mientras toda la comida estaba abajo. Después consiguió un trabajo en el Hospital de Niños y allí trabajaba de la mañana a la noche. De la noche a la mañana ponía inyecciones, cuidaba enfermos, hacía trabajos de limpieza en oficinas y todo lo que pudiera aumentar nuestra ración diaria de comida. En esa época la veía una vez por semana. 

Una noche el conventillo en el que vivíamos se incendió. A mitad de la noche me desperté a los gritos, sin entender qué pasaba. Mi madre empapó varias veces una campera y nos fue sacando de a uno a través de la hilera de fuego que crecía en el patio, frente a la puerta de nuestra casa. Recuerdo la historia de Aníbal, un adolescente que murió esa noche. Era albañil, tenía diecinueve años, sus padres lo mandaban a la obra y el pibe se la pasaba trabajando. Cuando volvía, siempre que nos encontraba en el patio, nos regalaba caramelos. Cuando no trabajaba, le gustaba sentarse al sol a escuchar música y tomar vino. Por las noches sus padres lo encerraban en una habitación que estaba a dos casas de la suya, con un candado por fuera, para que si estaba borracho, no se escapara. En medio de aquel incendio, la familia se dedicó a salvar casi todos los muebles que tenían en su casa, pero concentrados en la tarea, se olvidaron de su hijo.

Hace mucho que no voy a La Boca, la geografía del barrio ha cambiado tanto. Me cuesta caminar por allí sin recordar mi infancia, sin que me conecte con el dolor de las cosas que ya no están o que no estuvieron nunca. 

Y aunque debo decir que allí también aprendí de solidaridad, de la dignidad que implica dar y compartir cuando se tiene muy poco, contra la idea turística y pintoresca que muchos tienen de las casas de chapa y madera coloreada con restos de pintura sobrante de los barcos, para mí vivir en un conventillo en los 80, fue vivir en contacto con lo precario. Además de todo lo que conté, fue el frío, una letrina para treinta familias, bañarse en un tacho. No se parecía a nada, ni a un hotel, ni a una pensión. Y al contrario de lo que piensa mucha gente, esas mismas construcciones siguen habitadas.


Pasaron los años y aunque me costó muchísimo romper el extranjerismo que siento con el mundo, hoy mi vida está en otro lugar. En algunos aspectos mejor, en otros la sigo construyendo. 

Muchas veces, pienso en qué momento tomó el curso que tiene ahora, que tengo una vida “normal”. Ahora que soy un tipo de “clase media”. Pienso si habrá sido esa madrugada que me desperté gritando en medio del incendio, con la sensación helada de que no iba a poder salir vivo de ahí. O aquella tarde en que una de mis hermanas, discutió con mi madre y se fue, prometiendo que iba a volver una madrugada, cuando todos durmiéramos, iba a abrir la llave del gas y se acostaría a dormir junto a nosotros. 

Durante años pensé que un sobreviviente era el mapa hacia el terror. Me sentí un extranjero, un apátrida, un descastado. Solamente podía tener un hogar en la memoria. Pero es difícil sobrevivir allí. Durante años ese extranjerismo me carcomió hasta los huesos. 

Pero en mi infancia hubo otra cosa que me fundó, otro mandato que me grabé en la memoria: 

– Leé, todo lo que te caiga en las manos, porque es lo único que te va a sacar de acá. 
Fueron las palabras de esa misma hermana que nos quiso gasear. 

Y otra vez, supongo, tratar de sobrevivir, me acercó primero a una fascinación por las revistas de ciencia y después a leer poesía y literatura.

Ahora, recuerdo que un día empecé a escribir y me aferré a eso como un náufrago se aferra a una madera en medio de la tormenta. Ya que a través de la lectura me di cuenta que podía escribir, que podía contar, que podía mejorar la realidad. Aunque suene tonto, creo, elijo creer que la palabra es un boomerang que uno lanza. Nombrar marca una distancia, separa, diferencia. Lo que puedas nombrar te deja afuera de un mundo, o adentro. Y en esa tormenta que fue la vida, pareciera que en lugar de un corazón, en la zona donde la herida, el territorio quemado se hacía perdurable, esas palabras hubieran sembrado en mí, como un reloj, como una bomba de tiempo, la esperanza.

Nota publicada en Clarín, 13 de diciembre de 2014.
Imagen: Marcelo Carnero

Marcelo Carnero, Argentina. 1978.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Tarzán y yo, por Germán Machado Lens



Seguro que mis lecturas de infancia no me convertían en eso que suele llamarse un “lector voraz”. En todo caso leía lo suficiente y con ganas, y lo hacía a dos ritmos: el ritmo de la escuela, durante el período lectivo, y el ritmo del verano, durante la época de vacaciones. Entre salir a jugar o leer, yo prefería jugar. Entre participar de una conversación o leer, yo prefería conversar. Pero leía, sí, y lo hacía con gusto, en cualquiera de los dos ritmos que se me imponían.

En el período lectivo, mis lecturas eran las dadas en clase. Leía lo que tocara. Y como en mi casa siempre hubo biblioteca, acompañaba esas lecturas con “materiales complementarios”: revistas de divulgación, textos enciclopédicos de historia, de geografía, de ciencias. Seguro que también se colaron por entonces cancioneros, libros de poesía y algún libro infantil, de los pocos que se editaban en aquella época. Ese ritmo de lectura me disciplinó como lector. Una disciplina que acepté y asumí de manera más voraz en mi adolescencia y juventud.

Las lecturas del verano, en cambio, eran otras. Era el tiempo de las novelas: Salgari, Kipling, Dumas, Dickens, Cooper, Stevenson, Twain... Y el de las historietas, que sólo eran admitidas en esos días tórridos, a la sombra de la siesta.

Con mi familia veraneábamos en El bosque, que por aquella época era un balneario en el kilómetro 22 de la Ruta Interbalnearia y que hoy día es parte de una nueva ciudad del Uruguay: Ciudad de la Costa, ciudad dormitorio, en los suburbios de Montevideo. El balneario ya no existe; lo fagocitó el desarrollo urbano de mi ciudad.

Y la separación de lecturas era tan tajante que en esa casa de El bosque había una biblioteca especial, donde había muchos volúmenes de la colección Robin Hood, aquellos de tapas amarillas, y unas cuantas revistas de historietas. 

Pero Tarzán era otra cosa. Tarzán interrumpía los dos ritmos de lectura, los atravesaba, los solapaba. Los domingos, en el diario El Día, en su suplemento sepia, el familiar, la última página era toda de Tarzán. Y uno esperaba ese día para abalanzarse sobre esa página. Y después estaba el cine Roy, a unas cuadras de casa, donde rigurosamente inauguraban la matiné del domingo con una película de Tarzán. Debo de haberlas visto todas. 

Hace poco tiempo alguien me hablaba de la novela de Tarzán, la de Edgar Rice Burroughs, posterior a las primeras historietas. Creo haberla leído, pero no estoy seguro de ello. Tampoco me preocupa no haberla leído, porque Tarzán, para mí, más allá de novelas e historietas, tiene la presencia de un compañero de aventuras desde siempre. 

Si otros atravesaban espejos para entrar en las fantasías del lector, para encontrar sus fantasmas de lector; si otros se encerraban en armarios para leer tranquilos: yo en cambio prefería ponerme el taparrabos e ir a la selva, lanzarme en lianas colgadas de los árboles, pelear a cuchillo contra la naturaleza, saltar las dunas y correr al río, que en ese balneario era ancho como un mar. En esas aventuras, yo hacía una experiencia de la lectura a la par de hacer una lectura de mi experiencia, la de la infancia.

Luego supe, con Baudelaire, que había otra selva. Luego supe, con Mallarmé, que había otras tribus y que usaban palabras que Tarzán jamás hubiera podido pronunciar. Luego supe, con Borges, que había otros cuchillos. Luego supe, con Saer, que había otros ríos. Y con Marx supe que había otros enemigos. Pero una y otra vez, Tarzán vuelve y me recuerda cómo jugábamos en la infancia, cómo corríamos, cómo nadábamos, cómo leíamos. Ese fantasma no me deja. Su llamado de la selva, a menudo, me reclama. Entonces vuelvo a tomar un libro y leo.

(Texto escrito a pedido del blog Los niños de japón y a partir de la foto que el autor publicara hoy en Facebook, ¡Muchas gracias¡)

Germán Machado Lens, Uruguay, 1966.

martes, 25 de noviembre de 2014

Esclava, por Lawa Juni





La ONG que tomó este testimonio de Lawa Juni de Nepal, Plan / Por ser niñas, realizó también un spot publicitario para llamar la atención sobre la desigualdad de oportunidades que padecen las niñas, ya que en muchos lugares son doblemente discriminadas por ser menores y mujeres.





sábado, 22 de noviembre de 2014

Dulces


Hoy se inaugura en Buenos Aires, la V edición de la exposición anual de arte para niños, Sweet for my sweet.

Como en ediciones anteriores, la muestra presenta una selección de obras en diversas técnicas y formatos tales como pintura, dibujo, collage, impresiónes giclée, serigrafía y recorte de papel además de ediciones de libros realizados por los mismos artistas.

Entre los 26 artistas que integran a Sweet for my sweet V se encuentran ilustradores internacionalmente reconocidos, favoritos de las ediciones pasadas además de varios artistas que participan por primera vez. Los artistas que exponen en Sweet for my sweet V son Natalia Colombo, Isol, Power Paola, Krysthopher Woods, Roberto Cubillas, Marta Vicente, Ana Paula Méndez, Decur, Adriana Torres, Mundobu, Cecilia Afonso Esteves, Pablo Bernasconi, María Luque, Sofía Watson, Camila de Luca, Eleonora Arroyo, Istvansch, Andy Mermet, Pablo Cabrera, María Wernicke, Cristian Turdera, Johanna Wilhelm, Sophie Spandonis, Bela Abud, Pablo Mattioli y Christian Montenegro.

Lugar: Galería Mar Dulce, Uriarte 1490, Buenos Aires
Inauguración: sábado 22 de noviembre, 16-20hs
Horario normal: martes a sábados 15-20hs
Entrada: libre y gratuita
Cierre: sábado 14 de marzo de 2015
galeriamardulce@gmail.com

miércoles, 12 de noviembre de 2014

El regreso, por Lauren Mendinueta



Mi madre a los treinta 
era una joven de ojos grandes,
agobiados,
cargados de urgencias que yo no comprendía.
Entonces nada me asustaba tanto
como la posible tiniebla de su abandono.
Por eso iba tras ella a todos lados
como un bicho perseguía su luz.
El pueblo,
su campanario y las solteronas arcaicas,
danzarinas de las hogueras de San Juan,
nos parecían tan tristes
que ansiábamos irnos a otra parte.
Claro que todo estaba dispuesto
para obligarnos a permanecer allí.
Por eso mamá
leía para mí historias de otros mundos,
de ciudades lejanas pobladas de héroes y villanos
o de animales que hablaban en nombre de la virtud y el vicio.
Pero cuando llegaba la hora de la cena
ella volvía resignada a la cocina para preparar la mesa,
dejándome casi siempre con el libro en las manos.
Cómo podía saber ella,
pobrecita mamá,
que regresar de aquellos mundos
a mí me llevaría una vida.


Del libro "Del tiempo, un paso" (Denes, 2011). Ilustración: Hu Yankai.

Lauren Mendinueta. Colombia, 1977.

sábado, 8 de noviembre de 2014

El globo rojo, por Albert Lamorisse



Agradezco esta entrada a la poeta Marta Ortiz, quien recordó este film como el más significativo de su infancia.

Albert Lamorisse. Francia. 1922-1970.