jueves, 2 de julio de 2015

Los niños de Nicholas Winton

A los 106 años de edad, falleció Nicholas Winton, conocido como "el Schindler inglés", por haber salvado 669 niños de morir en manos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

Con 29 años, Winton ideó una complicada operación para enviar en 1939 de Praga a Londres a los menores por medio de varios convoyes de trenes. Winton dijo que sólo tuvo «suerte» y se encontró "en el lugar adecuado en el momento adecuado".

Una de las supervivientes, Zuzana Maresova, que entonces tenía siete años, declaró entre sollozos a la emisora Radiozurnal que la relación con Winton era difícil de describir. "Éramos más que amigos, era el hombre de nuestro corazón. No se puede explicar", dijo la mujer que cuando niña salió en uno de los ocho trenes fletados por Winton desde la Estación Central de Praga.

Maresova sólo conoció los detalles de la operación humanitaria en 1999, cuando Winton vino a la capital checa invitado por el entonces presidente Vaclav Havel, para asistir al estreno de la película «All my loved ones», rodada en su honor, y antes de que su figura cobrara relieve entre los checos. «Fue el primer encuentro. Y después hubo muchos más», dijo Maresova sobre aquel emocionante momento, cuando ella todavía no sabía nada, y le fue presentada la persona que la salvó.

Hace exactamente 76 años que salió de Praga unos de los convoyes con 240 niños, que el entonces financiero ayudó a salvar. Se tuvo conocimiento de la operación cuando la cadena pública británica BBC, en 1988, emitió un programa en el que Winton pudo reencontrarse con muchos de las personas que salvó de los campos de exterminio nazis.

Había sido su mujer la que, ordenando la buhardilla de la casa, encontró papeles que hablaban de la acción humanitaria, que consistía en que Winton conseguía visados, fianzas y familias adoptivas para los niños. Pero fue algo que permaneció en secreto durante 50 años, hasta que ella se enteró y lo hizo público.





martes, 30 de junio de 2015

Collages de infancia, por Henry Darger



Érase una vez un recién nacido, el día 12 de abril de 1892. No recuerdo el día en que murió mi madre o quién adoptó a mi pequeña hermana. Era demasiado joven entonces. Mi padre y yo vivíamos en una casa pequeña entre las calles Adams y Monroe. Ya que él era cojo, yo compraba la comida, el café, la leche y otras provisiones y lo gestionaba todo. Mi padre era sastre, se tomaba todo con mucha calma.

En Navidad solía recibir imágenes de colores y libros de niños. Cenábamos pollo. De vez en cuando para pintar dibujos y otras cosas, tenía potes de pintura, pero los compraba yo. Antes de ir a la escuela, ya podía leer los periódicos porque mi padre me había enseñado. Por eso, pasé del primer curso al tercero (...) En esos días los adultos consideraban que los niños eran inferiores a ellos. Pero para mí ellos, y especialmente los desconocidos, eran inferiores al polvo bajo mis pies.

Las tormentas de nieve me interesaban mucho. Todavía me interesan, por muy mayor que sea. Me quedaba todo el día en la ventana cuando nevaba. En especial cuando había una gran neblina gris. Siempre tuve un carácter muy voluntarioso y un temperamento muy malo. Siempre estaba muy determinado a que las cosas fueran de mi agrado. La gente decía que tenía fuego en los ojos. No aguantaría un invierno sin nieve. Un día lloré porque dejó de nevar y mi pobre padre me miró tan raro...




Me mandaron luego a una escuela pública llamada The Skinner, los estudios se me daban bien y no intentaba perjudicar a nadie. Me hacía demasiado el gracioso, hacía ruidos con mi boca, mi nariz, mi garganta, lo cual molestaba mucho a los demás niños. Me miraban mal, mis ruidos los ponía muy nerviosos. Los desafiaba, así que algunos intentaron pegarme. Mi profesor dijo que ellos eran los niños más obedientes que había visto y por desgracia mi actitud desagradable hacia ellos provocó mi expulsión del colegio. Menudas cosas hice para ser considerado un loco. (...)

No sé cuanto tiempo me quedé en aquella misión, pero en el último curso me vio un médico y dijo que mi corazón no estaba en su sitio. ¿Dónde se supone que debería estar? ¿En mi estómago? Entonces no lo sabía pero me llevaron al médico para averiguar si era retrasado o loco. Y si hubiera sabido lo que me iba a pasar me hubiera ido corriendo. 

Un día de noviembre, frío, amenazante y ventoso, me pusieron en un tren para Chicago para que fuera a una institución para niños con problemas mentales en Illinois. De haber sabido que me iba a un manicomio de niños jamás hubiera perdonado a los de la misión. ¡Yo, un niño retrasado¡ Ahora estaba a más de 260 km de Chicago... Y de mi padre.




Había oído que había más de 1500 niños allí. Cuando fui adolescente me pusieron a trabajar en una granja del estado. De 7 a 17 hs. con media hora para almorzar...


De la autobiografía de Henry Darger. Escritor y artista visual cuya obra fue conocida después de su muerte. Escribió una novela - En el reino de lo irreal- de 15000 páginas, una saga sobre una sociedad de niños esclavos. En el siguiente documental se recorre su vida y obra. 

Agradezco este post a Claudia Contreras.

Henry Darger, EE.UU. 1892-1972.

jueves, 25 de junio de 2015

Los niños de Vivian Maier


La historia comenzó cuando John Maloof adquirió en una subasta muebles y antigüedades que fueron puestos a la venta por los dueños de un depósito de almacenamiento debido a los pagos atrasados de sus dueños. Dentro de esos muebles, Maloof descubrió una increíble colección de más de 40 mil negativos, en su mayoría de formato mediano, cuya existencia ignoraba.

Maloof encontró un nombre, Vivian Maier, escrito con lápiz en los sobres de laboratorio. Decidió entonces buscar información sobre la dueña de estos muebles y sus negativos fotográficos. Quería conocerla y contactarla, pero en la casa de subastas le dijeron que se trataba de una anciana enferma. Decidió no molestarla.

La pesquisa del flamante dueño de la antigüedad le permitió contactar a Central Camera Co., una de las tiendas de venta de artículos fotográficos más antiguas de Chicago. Ellos le contaron que habían conocido a Vivian, porque de vez en cuando les compraba la película que utilizaba para sus trabajos.

Por lo poco que sabían de ella, se trataba de una refugiada judía francesa, nacida el 1º de febrero de 1926 y que había llegado a Estados Unidos en la posguerra, en la década de 1950. Incluso, algunos de sus trabajos muestran la ciudad de Nueva York, donde probablemente Maier residió durante algún tiempo.Los dueños de Central Camera dijeron también que tenía un trato muy distante y que amaba las películas extranjeras, a las que valoraba mucho más que a las americanas.

Además de los entre 30 y 40 mil negativos de esta colección, unos 10 a 15 mil negativos más seguían aún en rollos sin revelar desde los años 60. Todavía hoy hay unos 600 rollos en esa condición.
En algunas de sus fotos se ven niños, y muchas están ambientadas cerca de la playa. Al parecer, según reconstruyó Maloof, Maier trabajaba como niñera para una familia en el lado Norte de la ciudad de Chicago.

El 21 de abril de este año, apareció en el diario Chicago Tribune el obituario de Maier. Según ese texto vivía en Oak Park, un suburbio de la ciudad, y era "una segunda madre de John, Lane y Matthew".

Después de contactarse con el diario para saber quién había dado la orden de publicar el aviso, John Maloof llegó a una dirección en el lado Norte, que no existía, y un número de teléfono que estaba fuera de servicio. Tantas preguntas sin contestar lo llevaron a crear un blog para difundir la obra hallada, Vivian Maier - Her Discovered Work . Desde allí, Maloof consulta qué hacer con este gran legado, hasta hoy desconocido.

El documental Finding Vivian Maier habla de este enorme trabajo de rescate y conservación y de la controvertida personalidad de la fotógrafa. 


Vivian Maier, Francia/EEUU, 1926-2009
http://vivianmaier.blogspot.com

Agradezco esta entrada a Ivett Montalvan.

martes, 23 de junio de 2015

"En su cabeza, él era un chico". Sobre Oesterheld y la infancia, por Martín Pérez





Cada vez que salía el sol detrás de la colina blanca, la alondra volaba muy alto y anunciaba la gloria del nuevo día. Y cuando ya estaba entrada la mañana, el buen sol se quedaba contemplando una escena que se repetía todos los días a la orilla del arroyo: la reunión de Arbolito Verde con sus dos amigos, una niña que se llamaba Cristina y el conejo Amapola. Lo que sucedió fue que, curioso con la llegada del invierno, Arbolito Verde no les hizo caso a los consejos de sus amigos y engañó al Hada Otoño, que con su beso pone a dormir a todos los árboles para que no sufran el frío. Así fue que se quedó despierto durante lo peor de la temporada invernal, y llegó tan débil a la primavera que le fue imposible hacer que en sus ramas brotase una flor. Como Cristina y el conejo Amapola sabían que el Genio de los Arboles Muertos se lleva el corazón de los árboles sin flores, decidieron conseguir lo que necesitaba su amigo. Y entonces empezaron sus aventuras.

Así comienza la historia de Eran tres amigos, un libro infantil publicado por la editorial Codex más de sesenta años atrás, hacia 1947, y que acaba de ser reeditado por una flamante editorial independiente llamada Planta, dedicada a recuperar obras para chicos escritas por autores que no son precisamente conocidos por tales menesteres. (...)

Publicado originalmente bajo la firma de Héctor Sánchez Puyol, el primer libro de Planta Editora es en realidad nada menos que obra de Héctor Germán Oesterheld. Autor de personajes de historieta memorables como Ernie Pike, Mort Cinder y El Eternauta, Oesterheld también fue el autor de las –hasta ahora– olvidadas aventuras de Arbolito, Cristina y Amapola, así como de las desventuras de miles de otros personajes infantiles, como el conejito Copito, la patita Tapita, el chanchito Nubecita o el profesor Quesete, entre tantos otros. Porque, lejos de ser un autor para chicos ocasional, Oesterheld comenzó su larga carrera dentro de los estratos más populares de la industria editorial local escribiendo justamente esa clase de historias (...)

“Mi madre estaba en la cocina. Fui allá y le mostré el periódico sin decir nada. Ni siquiera lo miró, tan ocupada estaba en preparar los tallarines. Insistí, diciéndole que si miraba con atención el diario, tendría una sorpresa. Vio mi nombre impreso debajo del cuento y no pudo leer nada más. Las lágrimas se lo impidieron. Tuve que leerlo yo”, recordó Oesterheld para el periodista Mario de Moraes, del diario brasileño O Cruzeiro (...)

Por entonces, Héctor tenía 23 años, y estaba dando libre los dos últimos años de la carrera de Ciencias Naturales para recibirse de geólogo. Ya había conocido a la que sería su futura mujer, Elsa Sánchez –de hecho, para poder casarse con ella es que estaba apurando la finalización de sus estudios terciarios–, pero no abandonaba el hobby de escribir aquí y allá. “Aquel cuento que se publicó en La Prensa fue una cosa rara. Hoy lo leo y me parece escrito por un profesional”, explicó Oesterheld en la legendaria entrevista que le hicieron Carlos Trillo y Guillermo Saccomanno en 1975, y que se publicó primero en su Historia de la Historieta Argentina (Record), y después en Oesterheld en primera persona (La Bañadera del Comic). “Además, con ese cuento sucedió algo insólito: un amigo de la facultad era hijo de uno de los altos empleados del diario. Me tenía por confidente literario y yo nunca retribuía esas confidencias. Pero me hinchó tanto que le mostré un cuento. Y se lo llevó. Al poco tiempo me llamaron para que fuera a corregir unas galeras porque había un cuento mío. Y al mes salió publicado.” Aquel alto empleado del diario, José Santos Gollán, era el director de la sección literaria de La Prensa y le ofreció a Oesterheld un trabajo de corrector que le permitiría terminar su carrera universitaria sin privaciones. (...)

Según recuerda Elsa Sánchez de Oesterheld, sentada ante la mesa del comedor de un departamento lleno de recuerdos de su marido, de sus hijas, sus nietos y su flamante bisnieto, a Héctor le divertía escribir cuentos para chicos. “Para mí que le lavaba el cerebro, lo descansaba”, calcula Elsa, que cuenta que era un hobby que su marido tenía mientras estudiaba, y luego empezó a ser un trabajo que completaba el sueldo laboral. “Pero era una pavada lo que ganaba con esos libritos para chicos”, apunta. “Por eso eran sólo cosas cortas, nada comprometidas.” Mientras que por esa época quienes trabajaban para algunos oficios literarios populares –como las historietas, por ejemplo– solían poner a resguardo su buen nombre y honor detrás de un seudónimo, Elsa recuerda que Héctor se enojó cuando debió recurrir también a uno para firmar los cuentos que escribía, al mismo tiempo que trabajaba como geólogo en el laboratorio de minería del Banco de Crédito Industrial de la República Argentina. Sánchez Puyol fue el primero de los muchos seudónimos que Oesterheld utilizaría para firmar sus obras durante más de tres décadas de trabajo en la industria gráfica: Sánchez por el apellido de su mujer, y Puyol por el de su madre.

Ahora Elsa se ríe, y su risa suena joven y fresca. Se divierte recordando aquellos momentos mágicos en que Héctor tenía que bautizar a los personajes de sus cuentos infantiles. “No sé de dónde sacaba esos nombres”, se asombra. “Porque, como eran cosas para chicos muy chiquitos, tenían que tener una gracia muy particular”, explica. “Me acuerdo de cuando se pasó un largo rato pidiéndome que lo ayudase a encontrar los nombres para dos ratones incluidos en las historias de la revista Gatito. ¿Cómo se podían llamar? Nada menos que Parmesano y Gorgonzola.” Cuando se recorren nombres como el del elefante Paquete o la jirafa Corbatita, queda claro que Oesterheld tenía un don muy particular para el género, que supo explotar durante su inserción en la incipiente industria gráfica de la época. “Oesterheld apareció en un momento en que yo estaba preparando una colección de divulgación científica para chicos y adolescentes”, cuenta el venerado editor Boris Spivacow, entrevistado por Delia Maunás para Memorias de un sueño argentino (Colihue). “Vino y me dijo: ‘Mire, yo soy geólogo, pero me gusta escribir’. Le di para hacer La vida en el fondo del mar, e hizo un texto precioso. Fue el primer libro de la colección. (...) Pero las aventuras de Gatito las escribía fundamentalmente Oesterheld, que creó historias y personajes, y escribía extraordinariamente bien, pero era muy vanidoso.” (...)

"A Héctor siempre lo frenó la mentalidad de los editores de los libros para chicos”, confirma Elsa. “Porque, en su cabeza, él era un chico.” Para Elsa no hay dudas: aunque el tiempo la haya olvidado, y haya pocos que conserven aún sus ejemplares, Gatito es mucho mejor que El Eternauta. “Era una belleza”, se entusiasma. Personajes como los mencionados Parmesano y Gorgonzola, así como el ogro Rompococo, la princesa Tilina o el rey Panza I, aún hoy le iluminan el rostro y logran arrancarle una carcajada con sólo pensar en ellos. Y ni hablar de la Bruja Cachavacha, que una década y media más tarde utilizaría García Ferré, pero que apareció por primera vez en las páginas de Gatito, gracias a la pluma de Oesterheld. Quizá la idealización de Gatito frente a El Eternauta tenga que ver, en el caso de Elsa, con el hecho de que su historia no tiene ningún punto de contacto con el trágico destino final de su autor y de su familia. Aunque su existencia sea pivote en el hecho de la profesionalización de Oesterheld y su posterior dedicación a las historietas –en las páginas de Gatito, de hecho, por primera vez se publicó una historieta con guión suyo–, Gatito se queda en su mundo: no hay viaje en el tiempo y no hay lugar para la tragedia.  (...)

Nota publicada en Página/12. 16/11/2008. Ver completa.


Fotos: Arriba, Héctor Germán Oesterheld, su esposa Elsa y sus hijas, el día de la comunión. Oesterheld y sus cuatro hijas (Estela, Diana, Beatriz y Marina), militantes montoneros, fueron secuestrados por la Dictadura Militar argentina y permanecen desaparecidos. Un 27 de abril de 1977, un grupo de tareas secuestro al escritor Héctor Germán Oesterheld, autor entre otros de El Eternauta, en la ciudad de La Plata. Fue llevado a Campo de Mayo y de ahí al centro de torturas El Vesubio, donde se lo vería por última vez con vida en la Nochebuena de 1977.

 Agradezco esta entrada al grupo de Facebook El Ortiba.

Héctor Germán Oesterheld. Argentina. 1919-?

lunes, 8 de junio de 2015

Lugano 1 y 2, por Patricio Foglia



Nunca vi a mis padres darse un beso
ni tuve un hermano que me explicara
cómo eran las cosas. Cuando tenía ocho años,
ellos se separaron
y como parte de la división, mi madre
me llevó con ella al departamento de mis abuelos.
Era el departamento más chico del mundo
una pecera para hámsters,
rectangular y transparente, una cocina,
el living, un baño y el cuarto.


No había escapatoria, aunque afuera el sol
iluminara la tarde en el campito.
Yo podía bajar, fingir que jugaba
con mis nuevos vecinos
pero en realidad no había escapatoria.
Como cualquier hámster, estaba desesperado,
mis dedos ardían de tanto rasgar un vidrio
al que nada ni nadie parecía quebrarlo.


Antes, mis padres discutían todo el tiempo.
Después, era mi madre la que discutía
con sus padres, en un ínfimo ring
en dónde nadie era capaz de esquivar los golpes.
De todas formas, yo nunca estuve expuesto
y cada vez que veía que la pecera iba a estallar,
me alejaba, encendía mi tele,
ponía todos mis sentidos
al servicio de mi balsa, mar adentro,
de espaldas a la catástrofe.



Mis padres me usaban de burro de carga
hablando mal, el uno del otro.
Me tocaba transportar material radioactivo
y el líquido espeso de las conversaciones
se filtraba en su goteo
pero a mí no me importaba convertirme
en un burro fluorescente
brillando en medio de la noche.


Vivíamos enfrente de la comisaría 52,
a unas cuadras del Jumbo. Con mi abuelo
íbamos al super para merendar.
A veces, me subía al changuito y me decía
que estábamos en un barco o en un tanque de guerra.
Juntos
nos robábamos gaseosas, galletitas
aprovechando sus manos de mago:
mi abuelo era un verdadero mago,
él me enseñó
a jugar a las cartas y a mentir en el truco,
pero lo más importante:
me enseñó a transformar
roedores en cautiverio en conejos
que huían directamente desde su galera.


Patricio Foglia. Argentina. De su libro Lugano 1 y 2, Viajero Insome ediciones.

Fotos: Alejandra Correa