lunes, 26 de enero de 2015

Poemas, por Alejandra Pizarnik

no más las dulces metamorfosis de una niña; de seda
sonámbula ahora en la cornisa de niebla

su despertar de mano respirando
de flor que se abre al viento



Dibujo de Alejandra Pizarnik


Infancia

Hora en que la yerba crece
en la memoria del caballo.
El viento pronuncia discursos ingenuos
en honor de las lilas,
y alguien entra en la muerte
con los ojos abiertos
como Alicia en el país de lo ya visto.

Origen
La luz es demasiado grande
para mi infancia.
Pero ¿quién me dará la respuesta jamás usada?
Alguna palabra que me ampare del viento,
alguna verdad pequeña en que sentarme
y desde la cual vivirme,
alguna frase solamente mía
que yo abrace cada noche,
en la que me reconozca, en la que me exista.


Pero no. Mi infancia
sólo comprende al viento feroz
que me aventó al frío
cuando campanas muertas
me anunciaron.
.
Sólo una melodía vieja,
algo con niños de oro, con alas de piel verde,
caliente, sabio como el mar,
que tirita desde mi sangre,
que renueva mi cansancio de otras edades.

La niña Alejandra Pizarnik.
Alejandra Pizarnik, Argentina, 1936-1972

jueves, 22 de enero de 2015

El Museo de la Inocencia, por Mercedes Pugliese

“Pero para escribir novelas debes ser inconsciente como un niño, irresponsable, juguetón…
 Hago todo lo posible para mantener el niño vivo dentro de mí, 
eso es precisamente lo que me hace sentirme vivo”. 
Ohran Pamuk


El Museo de la Inocencia es un libro de Ohran Pamuk y también un museo.

Curiosamente el museo fue imaginado antes que el libro. Este año ganó el premio al museo europeo del 2014. ¿El tema? El amor. Pero no un amor de estampita. Más bien un amor que tiene poco de inocencia.

Paso 1
Estoy frente al museo. Ya sé que es una casa que compró el mismísimo Ohran Pamuk en el barrio de Estambul en donde transcurre la novela. Empiezo a leer el libro en la calle. De pie. Con el cuerpo bien recto. Las primeras letras en voz alta y el resto murmuradas. De repente escucho que lo de adentro me llama. Cierro el libro. Entro con paso lento y como de sacramento. Sé que voy a olvidar mi nombre una vez que las voces me envuelvan. Apoyo el ejemplar en el piso y dejo evidencia de que antes fui alguien que leía y que está a punto de desaparecer. 

Paso 2
Uso cámara de fotos para captar cada gabinete. A algunos les saco varias fotos, especialmente a los que hablan de la rabia y a los que marcan el paso del tiempo. 
El de la nena andando en triciclo lo miro nada más. Sé que no voy a poder captar lo que veo y prefiero quedarme con lo que mis ojos recuerden. 
En mi cuaderno de notas escribo un propósito: "Armar una escenografía con mis recuerdos en la pared del living de mi casa, de algo tienen que servirme los papeles de chocolates regalados."

Paso 3
Me robo algo del museo. Como el protagonista del libro, 
saco algo que no me corresponde. 
Lo escondo en la manga de la camisa. 
Me hago la disimulada para que nadie lo note y camino
como mirando las repisas.
Asiento frente a algún cartelito y comento con algún guardia lo maravilloso que es todo.
Que me encanta el lugar, que me fascina, que me enamora.
Nadie va a sospechar si soy capaz de esconderme a la luz del día. La clave para no ser descubierta es dejarlo todo al descubierto.




Paso 4
Colillas de cigarrillos fumados por "ella"
Lloro por amor un rato. Por los desencuentros y las pérdidas. Por los gritos y los silencios eternos. Por las dudas y los acantilados. También lloro por la inevitable humanidad que sufrimos los amantes. 
Esa desamarañez a la que estamos condenados y que nos acerca tanto a los muñequitos rotos del fondo de cajón de juguetes.  Dejo en el libro de visitantes una nota: "El museo es lindo, pero no se ve la inocencia prometida en ningún lado. En la tienda deberían venderse pañuelos de tela para quien necesite secarse las venas"

Paso 5
Repito el recorrido para volver a ver. Paso otra vez por los lugares favoritos y trato de aspirar lo que hay en el ambiente. No quiero salir. Aunque sé que la realidad es la otra, no quiero ir afuera. Prefiero quedarme en ese espacio donde los miedos quedan guardados en gabinetes. Pienso que tal vez pueda creerme que son historias de otros y que la mía no se le parece en nada. Pero fracaso en mi intento. De pronto unas llaves colgadas se me transforman en lluvia y me doy cuenta que mi yo ya se escapó por una rendija. Suspiro y me aprieto a mi bolso. En el tranvía vuelvo a acordarme de la boleta de luz que no pagué y de los regalitos que tengo que comprar antes del avión.

Paso 6
Al llegar a casa llamo a mi amiga Silvia Paz (esa que sabe cómo hacer para que los frascos
o los botones se conviertan en cuento) y le muestro las fotos del museo.




Entrada extraída del blog de Mercedes Pugliese, Cuentos para un museo

Mercedes Pugliese. Argentina.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Seré el que seré, por Alberto Szpunberg

Bariam gloui nievo kroi/ virji shnieshni ekrutá... Mi padre marcaba el ritmo con la man. Ahora sé que se trataba de eso: dejarse llevar por la poesía hacia no se sabe dónde. Aunque en casa nadie entendía nada, todos sabíamos que iba en serio. Tokakzvero nozavoi/ toza platit kakditiá... aún lo escucho: mi padre con el índice en alto como apuntando al cielo. Es curioso, ciertas noches, aún late en mis oídos el reloj de péndulo en la sala. En cambio, la manera de mi madre para confirmar la seriedad del momento era la risa. Nacida en un conventillo de la calle Añasco, ella sabía que un puñado de discos de pasta era el mayor de los tesoros. Chopin, Angelito Vargas, el jazán Pinchik y el Coro del Ejército Soviético nunca dejaron de sonar en mi vida... Pushkin, como pueden ver, tampoco.



- ¡Qué risa¡- contó una vez mi madre volviendo de un velorio- ¡Todos lloraban¡

Y fue así que a los siete y ocho años, vaya a saber en el hueco de qué tarde, nacieron los poemas. Mi madre palnchaba a un paso de donde yo contaba las sílabas con las manos bajo la mesa: "¿Tenés muchos deberes?", me preguntaba. Mi "¡No¡" era rotundo. Y no le mentía. En serio, no insistan: la poesía nada tiene que ver con los deberes. Ni siquiera con los deberes de ahora mismo.

(...) Como ahora el mundo no está para contar sílabas con las manos debajo de la mesa, otra vez algo, alguien, un ritmo, una cadencia, un susurro, las modulaciones del jazán Pinchik, la inocencia de Angelito Vargas, esa voz del Génesis de la que hablaba San Agustín, me murmura al oído: "¡Ya¡".

- Porque siempre es ya... - descubre el poeta.

¿Es el vaivén del péndulo en la sala ? ¿La infinidad del desierto a la espera de que los tiempos mastiquen arena? Acaso sólo es el latido de la sangre derramada, el balbuceo del cuerpo, la palabra a la hora de guardar silencio...

Como quien nace, la última trinchera es uno mismo.


Del libro "Como sólo la muerte es pasajera", editorial entropía, 2013.
Ilustración: Max Ernst.

Alberto Szpunberg, Argentina, 1940.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Puentes, por Cristina Macjus



Escribir sobre libros que hayan sido puentes me pone en sintonía con las grandes arquitecturas, y yo tengo que tener cuidado con eso porque me crié en el campo, en las ciudades enseguida me salgo de la vaina, me crecen los edificios y las grandes afirmaciones. Me gustaría lograr en este texto un tono pequeño, los libros queridos son como briznas para mí, forman campos que dan plumeros, se mueven cuando sopla el viento.



Pero tuve libros puentes, sí, y están ubicados en mi adolescencia, así que a riesgo de desbocarme, hoy voy a escribir sobre eso.

Mi primer recuerdo de un libro es físico: mucha sed. La sed es angustiante, Joe se acaba de tirar del globo para salvar a su jefe, Samuel Fergusson, porque ya no había más peso para arrojar y el globo se iba a pique. Y luego algo así como un desierto, mucho calor y sed. Y también la sensación posterior de placer, de agua o de reencuentro, no me acuerdo muy bien, pero deben de haber sucedido las dos cosas.

Cinco semanas en globo nos lo leyó mamá cuando ninguno de los tres sabíamos leer todavía. O quizás mi hermano mayor ya supiera leer algo. Yo ahora pienso “¡mamita querida!” (y también “mamá linda”), porque mi hermano menor no pudo haber tenido más que dos o tres años. Todas las noches nos leía una parte, y si bien yo ya no recuerdo la historia, sí recuerdo la sensación de aventura, de tribus, de animales salvajes. Allí también estuvieron mis primeras lecturas sobre botánica, que luego de muchos otros vernes y salgaris, fueron tomando forma de bashos, saers, dinesens y marosas.

Debe haber habido otros libros antes que ese. Pero yo empiezo ahí.

Acabo de hacer una afirmación fuerte, una afirmación puente. Y aquí otra que la cabeza me prende a continuación: si me ganara la lotería la gastaría de un solo gesto en comprarme un pasaje que de la vuelta al mundo. Los libros puentes me ponen en esta sintonía. O son la infancia y la adolescencia, no sé. Nunca más he vuelto a leer así. Es una pena y un alivio al mismo tiempo.

Hubo otros libros después de Cinco semanas en globo, y fueron muy queridos. Pero yo vuelvo a sentir esa sensación de caminata en el desierto, de arenas que raspan, de piel que se descascara y muda, de pasaje, de puente, de tomar agua al llegar del otro lado, con Un mago de Terramar, de Ursula K Leguin.

Era el verano entre séptimo grado y primer año, zanja importante si hay que cruzar una en la vida, cambiar de escuela, de compañeros y de maestras. Y mi hermano mayor trajo de Buenos Aires Un mago de Terramar.

Recuerdo a Ged ingresando en una escuela de magia, creando una sombra, teniendo que ir a buscar su sombra al final del mundo. Ser mago significaba, entre otras cosas, dominar la Lengua Verdadera, aquella que mencionaba por su nombre real, y muy antiguo, a todas las cosas. “He venido a darle su nombre -dice el mago que encuentra a Ged cuando es un niño-. Me encargaré de que reciba la instrucción adecuada pues mantener en tinieblas la mente de aquel que ha nacido mago es cosa peligrosa”. Con el libro en la mano y una edad parecida a la de Ged, me preguntaba si era posible que yo no me llamara Cristina y en algún momento alguien viniera a darme mi nombre verdadero.

En esas vacaciones todavía no sabía que empezaría un secundario que iba a detestar, que en cuestión de meses conocería a mi primera amiga descarada, que entrenaría natación junto al andarivel de Miguel, su piel brillando como un cardumen, y que mi primer disco sería el de Nirvana. Aún así, yo ya sentía esa sensación áspera, de contrapelo, de soledad, de no encajar muy bien en este mundo, que Ged siente en su novela.

Luego de Terramar la ciencia ficción entró a mi vida sin términos medios. Mi hermano mayor, que estudiaba lejos, traía los libros que en mi pueblo no podíamos conseguir porque no había librería. Buena parte, si no todo, del catálogo de Minotauro. Robots, viajes espaciales, misiones complejas, mujeres fuertes, con una carrera científica, que viajaban al espacio, curtían con astronautas y ese tipo de cosas. Recuerdo Cita con Rama, que todo venía de a tres y en ese misterioso asteroide descubrían un equilibrado ecosistema de pequeñas máquinas-insectos, y Asimov y sus robots, Juegos de Ender, con su maldad psicológica y las pruebas a las que sometían a un niño para convertirlo en el líder del universo, y Ballard y Farenheit y Animal farm con experimentos políticos y sociedades claustrofóbicas, Galápagos, lleno de mujeres peludas, inseminaciones y esperma.

Cruzar un puente era entregarse completamente. Y también dar con un libro en el que todo fuera nuevo. Acá, de este lado, mi secundario chato. Allá toda la vida que me faltaba vivir, que traería, sin dudas, grandes aventuras y la posibilidad de desarrollar todas mis capacidades al punto más desafiante y placentero posible.

Yo ya no leo así. Y está bien. Me gusta estar de este lado del puente. Yo ya no busco libros que me transporten sino que me enraícen.


Del blog del Filba. Texto escrito para el Filbita 2014. 

Agradezco el envío de esta entrada a Germán Machado.

Ilustración: Joseph Cornell

Cristina Macjus. Argentina, 1976.

domingo, 14 de diciembre de 2014

Nueva casa virtual

A todas las personas que visitan este blog, quiero invitarlos a mi nueva casa virtual.

www.ale-correa.com




Boomerang, por Marcelo Carnero





Muchas veces me han dicho que soy un tipo extraño, camaleónico. Si lo soy, ha sido para sobrevivir. A lo largo de mi vida sobreviví de muchas formas. Pero hay algo de sobrevivir a la pobreza, a la necesidad que está relacionado a cierta inteligencia, a cierta lógica. Es como si lo hubiera sabido siempre, desde que nací. Y lo confirmé el primer día de clases en el comedor del colegio, donde nos sentaban a mí, y a los otros cuatrocientos pibes, todos los mediodías de mi infancia. En ese lugar la inteligencia se aprendía rápido. Un segundo de duda sobre el plato de comida humeante bajo la cara, y el hambre de los otros lo hacía desaparecer. Desde ese día, me grabé a fuego este mandato en la memoria: inteligente es aquel que sobrevive.

Pareciera que uno vive en contra de algo, que la única forma de que esa inteligencia, que ese instinto de supervivencia se desarrolle es teniendo que atravesar obstáculos, dificultades. La necesidad entonces es madre de una imaginación terrible.

Algo de ese sobrevivir debe tener relación con lo que elegí para hacer en mi vida: escribir. Porque así como se vive en contra de algo, también se escribe en contra de algo. En el lugar de donde vengo, un conventillo atestado de ratas, en La Boca, la literatura estaba relacionada con la mentira, no con los libros. Eso me dijo alguna vez un psicólogo que tuve. Al contrario del resto de tu familia, dijo, vos no mentís, porque escribís. Y me abrió un mundo.

Me crié con mi madre y mis tres hermanas, yo era el menor. En el conventillo no se vivía, se duraba. Pasábamos frío en invierno, calor en verano y hambre todos los días. Éramos pobres y hambrientos. Pero no como a muchos les gusta imaginarse el hambre y la pobreza. Digo, hay gente que se pasa la vida dando cátedra sobre el hambre de los demás, y el único momento en que pasa hambre es entre el desayuno y el almuerzo.

Hablar del hambre es algo que se hace imposible, es una experiencia que si uno no vivió, se hace difícil de reconocer en el propio cuerpo. Un gusano que teje su seda lentamente hasta convertirla en un calambre. Lo que puedo decir con claridad es que los días y las noches del hambre son largos, larguísimos, y las secuelas físicas, mentales y emocionales, terribles. 

Tengo grabada la cara de un pibe al que le decían Pola. Chiquito, frágil, los gestos se le habían deformado hasta parecerse a un ratón, no tenía padres, dormía en los rincones del patio del conventillo o donde podía. Prácticamente no hablaba porque tenía todo el tiempo el dedo pulgar de una de sus manos adentro de la boca. Se pasaba el día chupándose el dedo, y cuando alguien le tiraba algo para comer, los movimientos de su cabeza, la forma en que movía los ojos frente a la comida, parecían los de un roedor. Nunca supe porque le decían Pola. Años después lo volví a ver y lo primero que hice fue mirarle las manos. Los dos dedos pulgares no tenían uñas y estaban totalmente deformados. 

El hambre deforma, el cuerpo y la mirada.

Nosotros comíamos carne una vez por mes. El resto del mes se comía papa en todas su variedades: papa al horno, papa hervida, puré de papa, era el padre nuestro que se rezaba todos los días. Cuando llegaba el momento en que íbamos a comer carne, pasaba algo físico que no noté hasta que fui más grande. Era como si el cuerpo midiera el tiempo y cuando se aproximaba esa fecha del mes, la boca produjera más saliva. Ahora, cada vez que tengo oportunidad, como carne. El olor, la textura, la resistencia de la fibra contra los dientes, sigue estando ligada a la alegría.

Aunque siempre hay otro hambre mucho más difícil de calmar, mucho más difícil de sobrellevar, que es la falta de afecto. La única vez que estuvimos un poco mejor fue cuando mis hermanas lograron echar a ese monstruo alcohólico y violento que era mi padre.

Los domingos eran el único día que mi madre podía estar unas horas con nosotros, el resto de la semana trabajaba para el alcoholismo de mi padre. Un domingo, mi madre, que a escondidas había juntado moneda por moneda durante meses, nos llevó a un circo que acampó en Casa Amarilla. La función estuvo bien, pero alguien nos había visto y le había contado a mi padre que estábamos en el circo. 

Imagino a ese hombre totalmente morado de rabia, gritando y rompiendo lo que encontrara a su paso porque esos pocos pesos que mi madre había gastado en sus hijos, no irían a parar a las arcas de su alcoholismo. Cuando volvimos nos estaba esperando en la puerta de la casa. 

Aclaro que cuando mi padre rompía las pocas cosas que había allí, era porque no tenía a mano a ninguno de sus hijos para romperlo a cintazos. A mi madre nunca le pegó, pero la he visto dormir con una cuchilla debajo de la almohada. 

La paliza iba a ser para todos. Mientras empezaba con uno, los demás íbamos a tener el dudoso privilegio de mirar el procedimiento, la lección que nos iba a tocar. Mis hermanas lloraban a los gritos y nos preparábamos para la masacre, pero pasó algo que nunca había pasado. Algo en ese llanto, algo en el hartazgo de ese llanto, un sonido, un tono, calmó a la bestia que sin más, dejó el cinto a un costado y se sentó llorando con la cabeza sobre la mesa, más niño, más desamparado que nosotros. Con todo el miedo del mundo, mis hermanas lo alzaron de la silla entre las tres, lo sacaron de la casa, lo llevaron hasta Once y lo subieron a un tren. Desde ese día, sobrevivir fue un poco más digno.

Mis padres se conocieron de forma extraña. Cuando mi madre tenía cuatro años, había sido abandonada en un colegio de monjas en La Plata. Allí vivió hasta los veintidós cuando decidió poner un aviso en el diario para buscar a su familia. Las monjas pusieron literalmente, el grito en el cielo, pero el aviso se publicó.

Noches enteras me pasé pensando qué diría ese aviso, esa nota que mi madre redactó pidiendo a su sangre que la reconozca, porque pienso que ahí hay una relación en mi familia con la escritura, que desconozco totalmente. Qué palabras habrá elegido para que su familia deshiciera el abandono. Días después de publicado el aviso, alguien, un hombre, apareció con unos documentos, sacó a mi madre del colegio en el que estaba pupila y la entregó al mundo. 

A partir de ahí se reanuda el drama. Conoció a un tipo, quedó embarazada. El tipo nunca se hizo cargo. En ese momento apareció mi padre. 

Entonces la piedra basal de la literatura y la supervivencia familiar fueron siempre el abandono, las traiciones y mentiras. De ahí, supuse, vendría el odio eterno que mi padre destilaba hacia sus hijos. 

A partir del momento en que mi padre se fue, la vida fue otra. A fuerza de sobrevivir, mi madre, con la plata que ahora ganaba y no perdía en las borracheras de su esposo, empezó a comprarnos ropa. La comida se la robaba de una confitería que limpiaba y la escondía debajo de un auto que siempre estaba estacionado en el mismo lugar. Y rezaba, rezaba para que el dueño del auto no apareciera un día y se lo llevara mientras toda la comida estaba abajo. Después consiguió un trabajo en el Hospital de Niños y allí trabajaba de la mañana a la noche. De la noche a la mañana ponía inyecciones, cuidaba enfermos, hacía trabajos de limpieza en oficinas y todo lo que pudiera aumentar nuestra ración diaria de comida. En esa época la veía una vez por semana. 

Una noche el conventillo en el que vivíamos se incendió. A mitad de la noche me desperté a los gritos, sin entender qué pasaba. Mi madre empapó varias veces una campera y nos fue sacando de a uno a través de la hilera de fuego que crecía en el patio, frente a la puerta de nuestra casa. Recuerdo la historia de Aníbal, un adolescente que murió esa noche. Era albañil, tenía diecinueve años, sus padres lo mandaban a la obra y el pibe se la pasaba trabajando. Cuando volvía, siempre que nos encontraba en el patio, nos regalaba caramelos. Cuando no trabajaba, le gustaba sentarse al sol a escuchar música y tomar vino. Por las noches sus padres lo encerraban en una habitación que estaba a dos casas de la suya, con un candado por fuera, para que si estaba borracho, no se escapara. En medio de aquel incendio, la familia se dedicó a salvar casi todos los muebles que tenían en su casa, pero concentrados en la tarea, se olvidaron de su hijo.

Hace mucho que no voy a La Boca, la geografía del barrio ha cambiado tanto. Me cuesta caminar por allí sin recordar mi infancia, sin que me conecte con el dolor de las cosas que ya no están o que no estuvieron nunca. 

Y aunque debo decir que allí también aprendí de solidaridad, de la dignidad que implica dar y compartir cuando se tiene muy poco, contra la idea turística y pintoresca que muchos tienen de las casas de chapa y madera coloreada con restos de pintura sobrante de los barcos, para mí vivir en un conventillo en los 80, fue vivir en contacto con lo precario. Además de todo lo que conté, fue el frío, una letrina para treinta familias, bañarse en un tacho. No se parecía a nada, ni a un hotel, ni a una pensión. Y al contrario de lo que piensa mucha gente, esas mismas construcciones siguen habitadas.


Pasaron los años y aunque me costó muchísimo romper el extranjerismo que siento con el mundo, hoy mi vida está en otro lugar. En algunos aspectos mejor, en otros la sigo construyendo. 

Muchas veces, pienso en qué momento tomó el curso que tiene ahora, que tengo una vida “normal”. Ahora que soy un tipo de “clase media”. Pienso si habrá sido esa madrugada que me desperté gritando en medio del incendio, con la sensación helada de que no iba a poder salir vivo de ahí. O aquella tarde en que una de mis hermanas, discutió con mi madre y se fue, prometiendo que iba a volver una madrugada, cuando todos durmiéramos, iba a abrir la llave del gas y se acostaría a dormir junto a nosotros. 

Durante años pensé que un sobreviviente era el mapa hacia el terror. Me sentí un extranjero, un apátrida, un descastado. Solamente podía tener un hogar en la memoria. Pero es difícil sobrevivir allí. Durante años ese extranjerismo me carcomió hasta los huesos. 

Pero en mi infancia hubo otra cosa que me fundó, otro mandato que me grabé en la memoria: 

– Leé, todo lo que te caiga en las manos, porque es lo único que te va a sacar de acá. 
Fueron las palabras de esa misma hermana que nos quiso gasear. 

Y otra vez, supongo, tratar de sobrevivir, me acercó primero a una fascinación por las revistas de ciencia y después a leer poesía y literatura.

Ahora, recuerdo que un día empecé a escribir y me aferré a eso como un náufrago se aferra a una madera en medio de la tormenta. Ya que a través de la lectura me di cuenta que podía escribir, que podía contar, que podía mejorar la realidad. Aunque suene tonto, creo, elijo creer que la palabra es un boomerang que uno lanza. Nombrar marca una distancia, separa, diferencia. Lo que puedas nombrar te deja afuera de un mundo, o adentro. Y en esa tormenta que fue la vida, pareciera que en lugar de un corazón, en la zona donde la herida, el territorio quemado se hacía perdurable, esas palabras hubieran sembrado en mí, como un reloj, como una bomba de tiempo, la esperanza.

Nota publicada en Clarín, 13 de diciembre de 2014.
Imagen: Marcelo Carnero

Marcelo Carnero, Argentina. 1978.