jueves, 10 de julio de 2014

Poema, de Camilo Sánchez

eso
que queda
en pie

un niño
que remueve
con la madera
de su soleado
mediodía

las brasas
del lenguaje


Camilo Sánchez, Argentina, 1958. De su libro "Del viento en la ventana", Descierto 2014.

lunes, 23 de junio de 2014

Mi desperdiciada infancia, Katherine Mansfield

Ayer estuve pensando en mi desperdiciada, desperdiciada infancia. Mi vida de colegio, que es un recuerdo tan vívido y detallado en un sentido, pudo no haber contenido nunca ni un libro ni una clase. 
Yo vivía en las niñas, en el profesor, el enorme y encantador edificio, las llamas ardientes en invierno y las flores abundantes en verano. Las vistas desde las ventanas, todo el diseño que se estaba... tejiendo. Nadie lo veía como yo, creía. Mi mente era como una ardilla. Juntaba y juntaba y lo ocultaba para el largo "invierno" en que redescubriría todo ese tesoro... y si alguien se acercaba, me trepaba al árbol más alto y oscuro y me escondía
entre las ramas. Y estaba tan fascinada cuando observaba a Hall Griffin y todas sus costumbres, pensando en él mientras él estaba ahí sentado, en su vida privada, cómo sería como hombre, etcétera, etcétera. (...) Simplemente deseaba estar sentada y escucharlo. Cada gesto, cada interrupción de sus paseos, todos sus tonos y sus miradas me resultan tan vívidos como si fuesen de ayer, pero de todo lo que decía sólo recuerdo frases: "El se sentó allí y su peluca cayó", "Ana Bolena, una criatura encantadora y pura, saliendo de su tranquila puerta hacia la luz y el clamor" y mirando hacia atrás y viendo que la puerta familiar se cerraba con un pequeño ruido, para siempre.
¿Pero qué relato coherente podía dar yo de la historia de la literatura inglesa? ¿Y de la historia inglesa? Ninguno.
Cuando pienso en fechas y en épocas, aparece la gente que no corresponde y falta la que debiera estar. Cuando leo una obra de Shakespeare desearía poder ubicarla en relación con lo que la precede y lo que sigue después. Deseo tener en claro cómo era Inglaterra entonces, al menos un poco, y cómo era la gente (pero mientras lo escribo, creo que puedo hacer esto, al menos lo último), pero cuando se menciona a un hombre, aunque el hombre sea real, no deseo ubicarlo a la derecha de Sam Johnson cuando debería estar viviendo bajo la sombra de Shakespeare. Cosa que hago a menudo (...)
¿Y por qué no aprendí francés con el señor Huguenot? ¡Qué oportunidad perdida! ¡Lo que eso no me ha costado! El daba sus clases en un aula larga y angosta toda pintada, las paredes, la puerta, los marcos de las ventanas, de un verde grisáceo. El cielo raso era blanco y un poco más abajo había un friso con lazos y moños de flores blancas. A cada lado de la repisa de mármol de la chimenea un muchachito desnudo se esforzaba bajo una fuente de uvas que él sostenía por encima de su cabeza. Debajo de las ventanas, mucho más abajo, había un patio empedrado y se podía oír el atenuado ruido de los carruajes que entraban y salían, el sonido del agua que salía de una bomba y se vertía en un gran balde... algunos jóvenes caminaban ruidosamente y silbaban. El aula era muy luminosa y en verano el señor H. quería que se cerraran a medias las persianas... Era un hombrecito gordo.
El anciano no podía convencerse de que aún tuviera fuerza suficiente para levantar a un niño tan pesado. Deseaba hacerlo una y otra vez e incluso cuando el niño ya estaba mortalmente aburrido del juego, el anciano seguía tendiendo los brazos y sonriendo tontamente y tratando de levantarlo aún más alto. Hasta lo intentó con un solo brazo...

(...) Ahora estamos en mayo de 1919. Son las seis de la tarde. Estoy sentada en mi cuarto pensando en mamá: deseo llorar. Pero mis pensamientos son hermosos y llenos de alegría. Pienso en nuestra casa, en nuestro jardín, en nosotros los niños... el césped, el portón y mamá que entraba: "¡Hijos! ¡Hijos!" 
Realmente sólo pido tiempo para escribir todo eso... tiempo para escribir mis libros. Entonces no me importará morir. Vivo para escribir. El mundo encantador (¡Dios, qué encantador es el mundo exterior!) está allí y yo me sumerjo en él y me siento refrescada. Pero siento como si tuviese una OBLIGACION, alguien me ha impuesto un deber que debo terminar. Déjeme terminarlo: déjeme terminarlo sin prisa... para que todo quede tan prolijo como sea posible.
Mi pequeña mamá, mi estrella, mi coraje, mi madre. Me parece vivir en ella ahora. Vivimos en el mismo mundo. Ni del todo este mundo ni del todo otro. No me interesa la gente, y la idea de la fama, de lograr un éxito... eso no es nada, menos que nada. Quiero mucho a mi familia y a unos pocos otros, y amo al estilo antiguo, mucho, mucho, a mi marido.
Ni un alma sabe dónde está ella. Ella va lentamente, repensándolo todo, preguntándose cómo puede expresarlo como lo desea, pidiendo tiempo y paz. 

Katherine Mansfield, Nueva Zelanda. 1888-1923.
De su "Diario". Fotos: Katherine Mansfield a los 10 años, e interior de la casa de Mansfield.

martes, 17 de junio de 2014

Cuadernos de infancia, Norah Lange

Habíamos fabricado grandes sombreros de papel, y de pie, las cinco delante de un espejo, cada una detenida frente a su rostro, contemplábamos el efecto de la sombra sobre los ojos, el resplandor distinto que la luz de la ventana adquiría en nuestros cabellos, contra el papel de diario.


La puerta se abrió, de pronto, y una corriente de aire los hizo vacilar sobre nuestras cabezas.
Una de mis hermanas dijo:

- “La primera que pierda su sombrero, se morirá antes que las otras…”

Inmóviles frente al espejo, los brazos entrelazados para no cometer ninguna trampa, jugamos a quién sería la primera en morir.

Un miedo horrible me fue invadiendo, lentamente. La puerta abierta dejaba entrar un aire rápido y peligroso que de un momento a otro, podría despojarme de mi sombrero. Pensé en Irene, en Marta, en Georgina, en Susana, en mí misma, y mientras las miraba de reojo, sonriéndome con ellas, una muerta de veinte años se acostaba sobre el rostro de cada una de mis hermanas; una muerta joven y perfecta, con una sola flor sobre la almohada.

El viento agitaba los grandes triángulos de papel, sin llegar a derribarlos. Georgina, con los ojos absortos en alguna visión terrible, parecida a la mía, exclamó bruscamente:

- “No me gustan estos juegos”- y, apartándose del espejo, se sacó el sombrero y lo arrojó, apelotonado, contra el suelo. (...)

Norah Lange, Argentina (1905-1972). Fragmento de su libro "Cuadernos de infancia".
Foto: Norah Lange y una de sus hermanas

martes, 3 de junio de 2014

Alicias x 10

Alicia en el País de las Maravillas, desde el mismísimo Lewis Carroll y el clásico John Tennier, a la mirada de diversos ilustradores de todos los tiempos.

Lewis Carroll


John Tenniel
 


A. H. Watson

Arthur Rackman

Bessie Pase Gutmann

}
Charles Robinson


David Delamare


Helen Oxenbury



Mabel Lucy Attwell


René Cloke


lunes, 26 de mayo de 2014

Los siete paraísos, por Alejandra Correa



Por entonces, cuando Isabel o los siete paraísos de Susana Boland llegó a mis ojos, no sabía ni el nombre de las letras, ni esa lógica que le otorgaba un sonido a cada una de ellas y un sonido diferente al reunirse. Tenía cuatro años y el nuevo mundo era un universo exótico del que, como en la alegoría de la Caverna, solo veía la sombra que proyectaba algo que estaba allá afuera, pero que ni siquiera intuía.

Me llamo Isabel. No soy ni infanta ni princesa y mi madrina no es hada. Me llamo Isabel, pero no soy linda. Graciosilla apenas, como lo son, a su manera, todas las niñas del mundo entero. Mi padre no es rico y mi madre no es instruída. Vivo en una casa tranquila de una calle tranquila. Y nadie sabe... que de siete Paraísos tengo las llaves”, comienza el libro.

Y luego uno a uno, sus paraísos, los de Isabel, los míos: el primero las flores, el segundo la casa y luego en sucesión: el campo, los animales, los colores, los libros, la música.

No hicieron falta una narración sólida con golpes de efecto aquí y allá, ni personajes con nombre y descripción física, ni un nudo narrativo. Bastaron la delicadeza de las ilustraciones, el color y los textos que recorrían escenas bucólicas y llenas de palabras que sonaban tan extrañas y bellas a la vez (grajos, miosotis, curruca, marmita…) para ensoñar las horas de aquella que era yo, una niña sin padre rico ni madre instruída, graciosilla apenas...

Y en ese libro, y en esas ilustraciones que eran realmente ventanas hacia todo lo bueno de este mundo, yo sentí por primera vez en mi vida que la verdadera llave estaba cerca.

Recuerdo un día en especial. Luego de perseguir a todos mis posibles lectores, me quedé a solas con el libro y con la desesperación de querer entender lo que allí se narraba. Desde el centro de un desesperado deseo, yo leí. Leí las letras, leí las historias, leí la voz de Isabel. Sentí toda la magia que se siente a cada paso en la infancia cuando algo se hace por primera vez. Digo magia, debería decir: la vivencia de lo sagrado como posibilidad.

Y corrí a contárselo al mundo. Yo sabía lo que significaban esos signos, entendía que allí, tal cual decía el libro había llaves. Sólo recibí miradas de piedad, esas miradas que se les echa a los niños cuando quieren convencernos de que los elefantes vuelan.

Pero no importó: había encontrado la llave del paraíso de la lectura, de ese mundo que conserva todas las voces de una historia polifónica, donde todo es posible, donde hasta la muerte es una narración que transcurre mientras la vida está en cada palabra que respira.

Hoy ese libro amado, pegado y despegado, escrito y sobreviviente de todas las batallas, me acompaña con su posibilidad de hacerme revivir en miles de letras, ese universo de la infancia, en la voz de Isabel, esa niña sin tiempo.

Si quiero indagar en él, me encuentro primero con que en la retirada de la tapa, hay figuritas cubiertas de brillantina que la niña fue pegando para reunirlas con el relato, quien sabe por qué. Bajo algunas de las bellas ilustraciones, más tarde, la niña escribió con letra de imprenta los nombres de los paraísos.

Releo en esas páginas y encuentro indicios. Muchos. En el “paraíso” de las flores, descubro a la niña que fui leyendo algo que ya entonces, había perdido: el contacto con la naturaleza (mi familia se había trasladado desde un pueblo serrano en Uruguay a la ciudad de Buenos Aires). El olor de la menta silvestre volvía a nacer en esas páginas; las flores, tenían voces diversas, vestidos, eran seres cercanos. También los animales y las cosas hablan, el de Isabel es un mundo animado por cientos de almas que pueden comunicarse con ella y contarle cómo se ve el mundo desde otra óptica. Esta adulta que soy piensa en Marosa di Giorgio y en el profundo impacto que me produjo su universo nacido en el lenguaje, donde hablan seres maravillosos. Trazo un arco.

Más allá Isabel dice “Mis brazos están cargados de flores”. Me detengo como si las palabras me señalaran el sitio: es la imagen de un poema que escribí 30 años más tarde.

Pero es quizás en el paraíso de los libros donde encuentro el eje de esta pasión que me recuerda Isabel. La escena narra la entrada de la niña en la biblioteca. Todos los libros le hablan, le dicen que los elija, les señalan lo que van a encontrar en ellos con frases como: “Todas las historias están aquí, escritas en nuestras páginas. Las historias viejas y las historias nuevas”; “-¿Conoces mi historia? Como es en cierto modo la tuya, sería mejor comenzar por ella. Es la historia de tu país, donde los hombres viven, luchan y mueren para conservar la tierra que aman y que un día les cubrirá”. 


Allí está Isabel en el centro de una escena donde “cincuenta, cien, trescientos libros gritan a la vez”. Uno le habla de la historia de los animales; otros de las mareas, de la aritmética, de los lejanos países de África, del hidrógeno y de Atlas… “No me olvides –dice la dulce voz del poeta- Yo no te enseñaré más que el amor de las cosas. A ellas corresponderá el enseñarte”, dice el libro de tapas arrugadas. Y entonces, Isabel, abre el gran Libro púrpura y lee: “En el principio Dios creó el cielo y la tierra…”

Historia y tiempo, belleza y misterio, arte y saber, memoria: es en el paraíso de la lectura donde he decidido quedarme. Allí soy siempre la misma niña buscando entender el mundo que está allí afuera, y también profundamente arraigado en el lenguaje. Juego de resonancias, de letras y de voces, puro deseo.


Texto escrito especialmente para el libro "El sentido de la lectura", de Angela Pradelli, Paidós, Buenos Aires, Argentina, 2013.

Alejandra Correa. Uruguay/Argentina, 1965.

lunes, 12 de mayo de 2014

Olfato y gusto, por Franco Rivero



I
en el campo
una mañana
el olfato
me despertó

la tía maría
tenía una bandeja
llena
de chipá cuerito
sobre la mesa

y en unos jarros
de losa
había puesto
azúcar con canela

junto al fuego
ella era un mito

cortaba la masa
en bollos chicos
los estiraba
con ambas manos
formaba una torta
redonda
pareja
y en el medio
le hacía un pocito
por donde saliera
el aceite

una alquimia dorada
musical
le advertía el color justo
por el sonido
ya calmo
del aceite hirviendo
la hacía gotear
la retiraba

II

lavate la cara chanco
me dijo

acá hay agua
está tibia
olor a humo
tenía el agua
olor
a humo
feliz estaba yo
despierto

III

en el corral
acarició el lomo
de una vaca

dame tu jarro
dijo
se agachó
y ordeñó
dentro
de él

un chorro blanco
fuerte
con sonido a sifón
salía de la teta
me hacía reír

tomá hijo
desayuná

a mí
no me gustaba
la leche
de vaca
mordí
un chipá cuerito
haciendo tiempo
y coraje

(es que mamá la hacía hervir
que largara la gordura
la juntaba con una cuchara
se la comía
y quería
que comiéramos nosotros)
pero probé

y fue una magia

quería más

quería más

se va enojar el ternero
me dijo
y me reí

mucho me reí
y tomaba leche
comía chipá cuerito
me atoraba
riéndome mucho
porque todos se reían
de mí
que
reía mucho
para ser tan temprano

te vas a empachar chanco
me dijo la tía

y me empaché

olí un hogar
lo probé

era de humo
de chipá cuerito
de canela
con azúcar
a maría nieve lópez, en dónde esté

psykhé

de chico decía para mí
por qué será
que a donde vaya yo
se traslada la vida
también me preguntaba
qué era eso de despertarme
y sentir
algo que se despierta conmigo
como dentro de mí

sentía el alma
lo supe cuando el tío Basilio
me enseñó la palabra
espíritu
y yo le pregunté qué era
y me dijo
es el alma hijo
todos la tenemos
y cómo es
como aire
dijo
como aire

entonces respiraba con miedo
cada vez que me daba cuenta
de que respiraba

tenés que tomar aire antes
de zambullirte
me decían
para tener más alma
pensaba yo
y era lindo andar
por debajo del agua
con un alma
más grande


Poemas del libro ud no viaja asegurado.

Franco Rivero. Argentina, 1980. Su blog.
Obra Gehart Demetz.