viernes, 19 de septiembre de 2014

"Mudándome el traje", por Juana Inés de la Cruz


No había cumplido los tres años de mi edad cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñase a leer en una (escuela) de las que llaman Amigas, me llevó a mí tras ella el cariño y la travesura; y viendo que la daban lección, me encendí yo de manera en el deseo de saber leer que, engañando, a mi parecer, a la maestra, le dije que mi madre ordenaba que me diese lección. Ella no lo creyó, porque no era creíble; pero, por complacer el donaire, me la dio.

Proseguí yo en ir y ella prosiguió en enseñarme, yo no de burlas, porque la desengañó la experiencia; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía cuando lo supo mi madre, a quien la maestra ocultó por darme el gusto por entero y recibir el galardón por junto; y yo lo callé, creyendo que me azotarían por haberlo hecho sin orden. Aún vive la que me enseñó -Dios la guarde- y puede testificarlo... 

Teniendo yo después como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir... oí decir que había Universidad y Escuelas en que se estudiaban las ciencias, en Méjico; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con instantes e inoportunos ruegos sobre que, mudándome el traje (a hombre), me enviase a  Méjico, en casa de unos deudos que tenía para estudiar en la Universidad... 

Yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo sin que bastasen castigos y reprensiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a Méjico se admiraban no tanto del ingenio, cuanto de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía apenas había tenido tiempo para aprender a hablar.

Del libro El sueño, Juana Inés de la Cruz. Edición y prólogo: Roberto Echavarren. Ediciones La Flauta Mágica.

Imagen: Obra de Jennifer Randall. Sor Juana Inés de la Cruz antes del convento.

Juana Inés de la Cruz. México (Nueva España).1651-1695

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La tierra que papá compró cuando éramos niñas, por Marosa di Giorgio


La tierra que papá compró cuando éramos niñas, quedaba frente del infierno; pero, era tan hermosa; los árboles gigantescos, y las achiras que parecían mujeres con la mantilla negra y la canastita de tizones y pimpollos.



Detrás iban las acacias, las quimeras y el árbol que siempre me daba espuma. El infierno quedaba unos pocos metros más allá, no sé dónde, arriba, entre las piedras y los árboles, parecía un altar. Allí, el fuego ardía, siempre; a veces, era una hoguera; otras, sólo un punto rojo; al volver del colegio, lo miraba fijamente. El dueño aparecía sólo de tarde en tarde; era hermoso, de astas afiladas; la manta le flotaba alrededor del cuello, hecha de su misma leve carne.

Algunos vecinos huyeron aterrorizados. Otros le llamaban: El Señor.


Papá decía: "Si él no molesta a nadie".

Pero yo dormía,apenas; de noche cuando todos dormían me asomaba a las puertas; veía al Dueño ajustar las tenazas; oía el zumbido, el débil grito de las ánimas, que, inútilmente, luchaban por librarse.

Obras: Gabriela Messuti. Argentina. Su web

Marosa Di Giorgio. Uruguay. 1936-2004

lunes, 1 de septiembre de 2014

Obsesión, por Cornelia Parker



Las grietas urbanas son una obsesión que remonta a mi infancia. Crecí en una casa «tudor» de 400 años en el campo inglés. Todas las paredes de la casa estaban agrietadas, y cuando era niña podía llegar a contar un centenar solo en mi habitación. 
En cada agujero veía caras diferentes, y cada noche las repasaba antes de dormir; se convirtió en algo supersticioso. Mi padre era granjero y llevaba siempre una pata de conejo en el bolsillo porque da buena suerte y compartía las prácticas paganas del mundo rural. Me inculcó esos miedos. Mi madre, alemana de religión católica, me transmitió todo eso de ir al infierno y de las manchas negras en el alma, e historias de las cosas terribles que podían pasarte si no hacías las cosas bien. Las grietas en el pavimento se convirtieron en uno de esos miedos infantiles. Y esquivarlas cada vez que viajaba a la ciudad pasó a ser una obsesión. Lo sigo haciendo hasta el día de hoy con mi hija de once años.



Ahora me encanta la ciudad, mucho más que el campo, de hecho, que me parece muy claustrofóbico. En la ciudad puedes esconderte, ocurren demasiadas cosas como para que a la gente le importe lo que haces, y puedes tener una obsesión con las grietas de la acera sin que nadie se de cuenta.

Cornelia Parker. Gran Bretaña, 1956.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Francia prohibe los concursos de belleza para niñas



Meses atrás, el Senado francés se pronunció a favor de una propuesta para prohibir los concursos de belleza para niñas menores de 16 años, con miras a prevenir lo que un informe parlamentario llamó "hiper-sexualización" de las niñas.

La iniciativa, contenida en una enmienda de una ley más amplia sobre la equidad de los sexos, recibió por aplastante mayoría (146 votos contra uno) el apoyo de la Cámara alta del Parlamento francés. El texto aún debe ser aprobado en los mismos términos por la Asamblea Nacional para entrar en vigor definitivamente en Francia.

La enmienda del Senado se basa en un informe parlamentario titulado "En contra de la Hiper-sexualización: Una nueva lucha por la igualdad", que instó a prohibir la ropa de adultos en tamaño para niñas, como los sujetadores con relleno y los zapatos de taco alto, y pidió poner punto final a las competencias para menores de 16 años.

"No permitamos que nuestras niñas crean desde una corta edad que solo valen por su apariencia", dijo la autora del informe y exministra de Deportes de Francia, Chantal Jouanno. Según la enmienda propuesta por el Senado, los organizadores de los concursos de belleza podrían enfrentar dos años de prisión y a una multa de 30.000 euros (40.000 dólares).

Para muchos diputados, esta sanción es demasiado severa, lo que podría llevar a que la enmienda se deseche cuando llegue a la Asamblea Nacional. La medida fue motivada por la controversia causada en diciembre del 2010 por la editorial de la famosa revista de moda Vogue, en la que aparecían fotografías provocativas de una niña francesa de 10 años.
La modelo, Thylane Loubry Blondeau, y otras dos niñas posaron con gran cantidad de maquillaje, vestidos ajustados, tacones y joyas costosas.V ogue defendió las fotografías argumentando que simplemente reflejaban la fantasía común entre las niñas de vestirse como sus madres.

Las fotografías de Vogue generaron controversia en Francia y también en el extranjero, donde fueron cuestionadas. 

Mientras tanto, en EE UU los certámenes de belleza para niñas crecen desmesuradamente. Ver aquí.

domingo, 3 de agosto de 2014

Mujercitas, por Graciela Cabal


1- Si las mandan a separar lentejas de las cenizas, ustedes no vayan.

2- Si les ofrecen una manzana envenenada, digan: Gracias. Acabo de terminar una pera.
3- Si tienen que trabajar para siete y solo les pagan con amor y protección, búsquense otro trabajo mejor remunerado. Que el amor con amor se paga, y el trabajo se paga con dinero.
4- Nunca, por ningún motivo, confundan a sus tiernas abuelitas con bestias feroces. No vayan a arrepentirse...
5- Y si se arrepienten de algo, que sea de algo que hayan llevado a cabo. Para que nadie después venga y les diga: "Mujer: hace mucho que sólo te arrepientes de lo que no has hecho". 

Ilustra, Vestidos escritos, de Alejandra Correa.

Graciela Cabal, Mujercitas eran las de antes?. Argentina, 1939-2004.

miércoles, 23 de julio de 2014

"Yo escribo sobre el paño velado que deja la muerte", Néstor Groppa

Año 1939. 16 de Septiembre. Mi madre en la mesa dice "no puedo levantar el tenedor". Diez minutos más tarde, con los ojos turbios y por tenderla ya en la cama, me ordena "vos a tomar la sopa, que se te enfría". 5 horas después, mi madre ya no vive. En la casa comienzan los llantos, las gentes extrañas, las cosas desusadas. En la casa ha entrado la muerte. En la casa flamante, con la que mi madre había soñado durante años. 16 de Septiembre, casi primavera. Estaban en flor los rosales, el jazminero, los nísperos, la glicina y mi madre. Mi madre estaba en flor: 39 años. Pero la muerte es así. Para la muerte las flores no cuentan antes, ni cuando pasa y se está yendo. De nada vale rodearse o despedirnos con flores. O ser flor.

La casa estaba cercada de eucaliptos. Bajaban los benteveos y cantaban a la hora de la muerte. Todo era extraño para mí, hasta mi abuela materna maldiciendo en napolitano o romano al Corazón de Jesús (con una ramita de olivo). Siempre siguió siendo una pesadilla el benteveo, el eucalipto, la casa sola y llena de gente. La muerte siempre resulta extraña. El recuerdo, a veces, es una lágrima color de cielo y tierra y otras, un abrazo para toda la vida, olvidado y presente.

Y yo escribo sobre el paño velado que deja la muerte. Sobre el polvo definitivo que nace ese día. Sobre mi madre y mi casa que ya no están. Sobre la pesadilla del cielo que sostengo con estas manos. Sobre mil flores nacidas hasta hoy y que siempre miré como un homenaje a Vicenta Groppa de Alvarez y su casa de Laborde, su casa de inmigrante, que por fin la tuvo para morirse en ella a los dos meses de estrenarla.
Néstor Groppa, Argentina (1928-2011). In memorian.
De "este Otoño", del blog La infancia del Procedimiento, Apuntes de Osvaldo Aguirre.
Obra de Gustav Klimt, Ria Punk en el lecho mortal (1912).

jueves, 10 de julio de 2014

Poema, de Camilo Sánchez

eso
que queda
en pie

un niño
que remueve
con la madera
de su soleado
mediodía

las brasas
del lenguaje


Camilo Sánchez, Argentina, 1958. De su libro "Del viento en la ventana", Descierto 2014.

lunes, 23 de junio de 2014

Mi desperdiciada infancia, Katherine Mansfield

Ayer estuve pensando en mi desperdiciada, desperdiciada infancia. Mi vida de colegio, que es un recuerdo tan vívido y detallado en un sentido, pudo no haber contenido nunca ni un libro ni una clase. 
Yo vivía en las niñas, en el profesor, el enorme y encantador edificio, las llamas ardientes en invierno y las flores abundantes en verano. Las vistas desde las ventanas, todo el diseño que se estaba... tejiendo. Nadie lo veía como yo, creía. Mi mente era como una ardilla. Juntaba y juntaba y lo ocultaba para el largo "invierno" en que redescubriría todo ese tesoro... y si alguien se acercaba, me trepaba al árbol más alto y oscuro y me escondía
entre las ramas. Y estaba tan fascinada cuando observaba a Hall Griffin y todas sus costumbres, pensando en él mientras él estaba ahí sentado, en su vida privada, cómo sería como hombre, etcétera, etcétera. (...) Simplemente deseaba estar sentada y escucharlo. Cada gesto, cada interrupción de sus paseos, todos sus tonos y sus miradas me resultan tan vívidos como si fuesen de ayer, pero de todo lo que decía sólo recuerdo frases: "El se sentó allí y su peluca cayó", "Ana Bolena, una criatura encantadora y pura, saliendo de su tranquila puerta hacia la luz y el clamor" y mirando hacia atrás y viendo que la puerta familiar se cerraba con un pequeño ruido, para siempre.
¿Pero qué relato coherente podía dar yo de la historia de la literatura inglesa? ¿Y de la historia inglesa? Ninguno.
Cuando pienso en fechas y en épocas, aparece la gente que no corresponde y falta la que debiera estar. Cuando leo una obra de Shakespeare desearía poder ubicarla en relación con lo que la precede y lo que sigue después. Deseo tener en claro cómo era Inglaterra entonces, al menos un poco, y cómo era la gente (pero mientras lo escribo, creo que puedo hacer esto, al menos lo último), pero cuando se menciona a un hombre, aunque el hombre sea real, no deseo ubicarlo a la derecha de Sam Johnson cuando debería estar viviendo bajo la sombra de Shakespeare. Cosa que hago a menudo (...)
¿Y por qué no aprendí francés con el señor Huguenot? ¡Qué oportunidad perdida! ¡Lo que eso no me ha costado! El daba sus clases en un aula larga y angosta toda pintada, las paredes, la puerta, los marcos de las ventanas, de un verde grisáceo. El cielo raso era blanco y un poco más abajo había un friso con lazos y moños de flores blancas. A cada lado de la repisa de mármol de la chimenea un muchachito desnudo se esforzaba bajo una fuente de uvas que él sostenía por encima de su cabeza. Debajo de las ventanas, mucho más abajo, había un patio empedrado y se podía oír el atenuado ruido de los carruajes que entraban y salían, el sonido del agua que salía de una bomba y se vertía en un gran balde... algunos jóvenes caminaban ruidosamente y silbaban. El aula era muy luminosa y en verano el señor H. quería que se cerraran a medias las persianas... Era un hombrecito gordo.
El anciano no podía convencerse de que aún tuviera fuerza suficiente para levantar a un niño tan pesado. Deseaba hacerlo una y otra vez e incluso cuando el niño ya estaba mortalmente aburrido del juego, el anciano seguía tendiendo los brazos y sonriendo tontamente y tratando de levantarlo aún más alto. Hasta lo intentó con un solo brazo...

(...) Ahora estamos en mayo de 1919. Son las seis de la tarde. Estoy sentada en mi cuarto pensando en mamá: deseo llorar. Pero mis pensamientos son hermosos y llenos de alegría. Pienso en nuestra casa, en nuestro jardín, en nosotros los niños... el césped, el portón y mamá que entraba: "¡Hijos! ¡Hijos!" 
Realmente sólo pido tiempo para escribir todo eso... tiempo para escribir mis libros. Entonces no me importará morir. Vivo para escribir. El mundo encantador (¡Dios, qué encantador es el mundo exterior!) está allí y yo me sumerjo en él y me siento refrescada. Pero siento como si tuviese una OBLIGACION, alguien me ha impuesto un deber que debo terminar. Déjeme terminarlo: déjeme terminarlo sin prisa... para que todo quede tan prolijo como sea posible.
Mi pequeña mamá, mi estrella, mi coraje, mi madre. Me parece vivir en ella ahora. Vivimos en el mismo mundo. Ni del todo este mundo ni del todo otro. No me interesa la gente, y la idea de la fama, de lograr un éxito... eso no es nada, menos que nada. Quiero mucho a mi familia y a unos pocos otros, y amo al estilo antiguo, mucho, mucho, a mi marido.
Ni un alma sabe dónde está ella. Ella va lentamente, repensándolo todo, preguntándose cómo puede expresarlo como lo desea, pidiendo tiempo y paz. 

Katherine Mansfield, Nueva Zelanda. 1888-1923.
De su "Diario". Fotos: Katherine Mansfield a los 10 años, e interior de la casa de Mansfield.